CINESÍFILIS

TENGO MIEDO

Escribo esto con 0.25 mg de Alprazolam en el cuerpo y me recuerdo llorando anoche en la camilla de una clínica sin saber porqué. Recuerdo que me falta la respiración, que algo me presiona el pecho, que tengo ganas de dormir. Me duele la cabeza. El alma, pero sin saberlo aún. En el asiento trasero de un taxi, miro sin mirar realmente la Vía Expresa. No digo nada: tengo los audífonos puestos y creo que el chofer intenta decirme algo. Sé que estoy mal, y el tráfico de las cinco de la tarde un miércoles de finales de octubre me dice que lo estaré aún por un buen rato más. Hay momentos en que siento que sufriré un ataque de algo. Que si este auto no se mueve, no sé qué haré. Me pregunto qué pasaría si alguien en este atolladero empieza a morir y nadie puede hacer nada. Decenas de autos detenidos en la nada. Tengo miedo. Lo tendré durante mucho tiempo.

La clínica es el último paradero de los sordos, me digo, mientras aún me falta la respiración y siento que en cualquier momento caeré al suelo y no habrá nadie para levantarme o no dejarme caer. Miro al resto moverse, y a nadie mirarme. Me digo: tal vez no debí venir a esta clínica. Mi cabeza, el mundo entero da vueltas alrededor mío. Tengo una sensación de pánico intensa, pero aún no sé que es pánico. Pienso que un tumor se apodera del aire de mi cuerpo, que me falta poco para un shock del que, tal vez, jamás salga. Recuerdo lo del domingo: fue peor, estaba frente a esta misma pantalla, y de pronto el mundo se puso de cabeza y creí, nuevamente, que iba a morirme: el cuerpo se me adormeció, el oído derecho empezó a zumbarme, bajo y le digo a mi hermana que tengo miedo, que me siento mal. Ella no sabe qué hacer, camina hacia donde mi madre, y mi madre estalla en nervios, como yo. (Tengo ganas de llorar ahora). Tomamos un taxi. Me digo: no quiero morir, pero esto no es normal. Tal vez tenga que morir ahora. Un domingo impensado.

Pero nada pasa: me ponen un tranquilizante y me dicen que mi cuerpo está bien: la presión, el pulso, la vista. Vaya a su casa y, si quiere, mañana vuelva a hacerse unos exámenes. No hago caso. El martes a las 5 de la tarde, mis ojos vuelven a perderse en algo parecido a la asfixia. Siento que me desmayo, pero no lo hago: un cigarro parece devolverme a la vida de un periodista lleno de cosas que hacer.

El miércoles no doy más. Voy en ese taxi, llego a esa clínica, me siento en esa camilla, y luego siento la mano de mi madre cogiéndome un hombro. (Estoy llorando ahora, gracias a Dios). El neurólogo que me atiende es un anciano que pregunta cosas muy lentamente y no oye nada (porque es viejo). Yo me desespero. El aire se me sigue yendo. La cabeza me estalla. ¿Tienes novia?, me dice, y yo sólo lo miro. No sé qué decirle. Algo dentro de mí me dice que estoy a punto de desmayarme. Mi madre lo ve. Se desespera. Yo me desespero. El neurólogo sigue preguntando cosas inútiles hasta que yo lo freno en seco:

-Quiero saber qué tengo...

Luego de mirar a mi madre y de mirar la hoja en la que ha estado escribiendo, me dice:

-Usted no tiene nada...

No le creo. Yo sé que me estoy muriendo, yo sé que estoy a punto de tener un paro cardíaco. Estoy a punto de entrar a trauma shock, quiero sentir los choques de electricidad y saber si realmente querré o no seguir con esto. Me desespero. Sí. Me desespero tanto que ya no puedo hablar. Sigo respirando fuerte. Y entonces el hombre se va. Cierra la cortina. Yo me dejo caer. Es allí cuando la primera lágrima cae.

Lloro. Lloro como nunca antes he llorado: sin saber por qué. Y lloro mucho, viendo a través de las capas borrosas de lágrimas una pared fría por el fluorescente del techo. A lo lejos oigo cómo mi madre también llora. En algún momento lo hace más que yo. Estoy en posición fetal, llorando como un loco. Soy eso: un loco, o alguien que necesita desfogarse de toda una historia de 25 años que pesa como la mierda entera del mundo. Siento cómo el peso de todo mi dolor se multiplica con cada segundo y sé que no seré capaz de sostenerme. Me dejo ir con el llanto de mi madre a lo lejos. Ella tiene el dolor que yo tengo ahora. (Mis ojos han vuelto a llenarse de lágrimas que no caen, gracias a Dios). Me duele por ella. Otra cosa que me duele, pero la primera que entiendo. Sigo llorando. Lo haré por un buen rato.

El doctor vuelve a entrar cuando yo me he sentado, pensando que todo había terminado, pero no: pongo el pañuelo en mis ojos y empiezo a sollozar y luego ese sollozo débil se transforma en un rugido que se apaga solo cuando me quedo sin aire. Siento una mano que no es la de mi madre. Es el doctor anciano al que ahora quiero como a mi padre, que no está. Que nunca ha estado. Quiero a esa mano. Quiero que todas las manos me toquen en ese momento y seguir llorando. Lo de allí no era tristeza. Era el peso de 25 años de mierda que tengo que empezar a cambiar.

Una inyección que no me duele y un líquido que entra en la vena de mi brazo derecho. El mejor mareo de mi vida es el antecedente perfecto para mi tranquilidad. Me dejo llevar por mi madre, porque ella coge mi otro brazo y me guía por los pisos de esa clínica que es como un pequeño cielo-infierno. Pienso en Trainspotting, en esa mañana en que Renton vuelve a su casa luego de la sobredosis. Estoy así: lo juro. Mi madre me lleva del brazo y yo soy un estúpido tipo en un viaje de tranquilizantes. Me falta la respiración todavía, pero ahora sé porqué ha pasado eso. Es decir, creo que lo sé. Me duermo a las 8:30. Apago la luz luego de haber llorado un buen rato diciéndome que sólo quiero ser feliz. Sólo quiero ser feliz.

Sólo quiero ser feliz y no sentir esto.

Ese día en que imaginé que moría, sentí vértigo. Y para eso estoy ahora en Alprazolam. Porque sólo con ese ansiolítico puedo, por ahora, sentirme como me siento ahora: sin miedo a morirme.

Pero tengo miedo. Lo juro: tengo miedo. No pensé que esto ocurriría tan rápido.

Etiquetas:

Escrito por Alberto Villar Campos @ 9:31 p. m.,

11 Comentarios:

At 12:25 p. m., Blogger X dijo...

Hay varias cosas en este texto con las que me he sentido identificado. Y por ahí me recordó esa frase brutal de Hobbes: "la única pasión de mi vida ha sido el miedo".

Bueno el texto. Y sí, es jodido tener 25. Pero peor es tener 30. Y supongo que tener 35 debe ser peor. Así que a moquear un rato y después a dejar el drama afuera.

Saludos.

 
At 10:49 p. m., Blogger alexandra dijo...

yo creo q todo es psicologico, o por lo menos la mayoria de las cosas que nos pasan.

cdt.

 
At 2:40 a. m., Anonymous Anónimo dijo...

Hace justo dieciocho años y tres meses que convivo con el miedo a una muerte inminente y violenta... más de 18 añazos... toda una mayoría de edad. No sé si el texto de arriba es un producto literario ficticio o la realidad del día a día del autor, pero me ha cautivado y me ha aliviado encontrar gente que "sufre" lo mismo que yo. Dieciocho años co nmiedo permanente a una intensidad que nadie puede imaginar... y sigo vivo. Varios cardiólogos y después mi particular via crucis por psiquiatras y psicólogos. El miedo es la mayor fuerza que mueve el mundo. Y yo tengo miedo a morir.

 
At 5:26 p. m., Blogger Alberto Villar Campos dijo...

Gracias por los comentarios. Y, para el anónimo, la anécdota del texto fue real. Espero entiendas que el vértigo se trata médicamente, y que uno de los efectos de los ataques son miedos insospechados a las cosas más sencillas. Puedes leer más de ello aquí: http://geosalud.com/adultos_mayores/vertigo%20.htm

 
At 3:07 p. m., Anonymous cualquiercosa dijo...

Este blog ha sido eliminado por un administrador de blog.

 
At 9:34 p. m., Anonymous Anónimo dijo...

hola.
Ufff... urgente... emotivo...musical.

senti miedo.
senti alivio.

ese

 
At 8:32 p. m., Blogger L-Flag dijo...

Muchos recuerdos vinieron a mi mente...

A veces las personas pasan por cosas tan similares que da miedo...

miedo al miedo...

Llegaste a relatar, casi con igual intensidad, lo que uno pasa en esas situaciones...
mmm...
si... casi... casi...

 
At 5:18 p. m., Anonymous Diana dijo...

Alberto.
Eso es según manos y cerebros médicos un auténtico ataque de pánico y es clásico para los docs preguntar con cara de padre de familia generoso si se tiene novio porque es fácil deducir que una decepción amorosa o su total ausencia pueden ser la causa del revolcón emocional. Yop he pasado por la pregunta unas siete veces antes de decidirme por la terapia y así dejar de aburrir a mis doctores con que no podía respirar, que me hagan exámenes porque resulta increíble lo convencidos que estamos de que ese dolor no puede ser mental, que tiene que ser físico. Y por supuesto mi mamá llorando también aderezo mi paisaje como el tuyo. Leer tu texto me ha recordado hasta que punto el pánico sigue siendo parte de mi vida, ya no me duele el cuerpo, ahora no me engaño y he aprendido a asumirlo en su forma de algunas semanas de desidia y desilusión. NO sé si es un avance pero al menos ya no expongo mi miedo a ojos clínicos ni soporto que me pregunten por mi novio.Un abrazo.

 
At 2:41 p. m., Anonymous Anónimo dijo...

Dónde estás be?.. Hazme saber más de ti. Tú sabes, no es necesario ver, a veces es mejor escribir.

 
At 10:14 a. m., Blogger Alberto Villar Campos dijo...

Hola. Gracias por escribir y por el interés en el blog. Respecto de los mensajes que has enviado en los últimos días, te comento que tengo novia y soy feliz con ella. Saludos,

 
At 2:50 p. m., Blogger aspirante dijo...

Hola Alberto.

He leìdo tu artìculo el cual se rerlaciona demasiado con lo que yo siento. Tengo 34 años, esa sensaciòn la tuve en el verano cuando llevaba a mi hijo a una clìnica y me dijeron que tenìa el Sìndrome de Down, la preocupaciòn por ello hizo que me levantara desesperado a media madrugada con sensaciones de desesperaciòn, sensible a todo, no querìa que me toquen ni que hagan ningùn tipo de ruido. Lo peor es que el propio silencio me desesperaba. Al llegar al hospital, el doctor me dijo que no tenìa nada, presiòn normal, temperatura perfecta. ¡No tienes nada!, dijo. Pasò el tiempo y desapareciò. Quizàs porque trabajo y estudio y al mantenerme ocupado me olvidaba de todo. Sin embargo, hace dos dias me pasò lo mismo. Actualmente fui operado de la columna y llevo cinco meses sin trabajar, tampoco puedo jugar con mi hijo, ni hacer un solo esfuerzo. Esas cosas tan simples son las que me hacìan sentir frustrado, volvì de emergencia al hospital, eran las dos de la mañana. El doctor, joven èl, tras explicarle los `sìntomas solo me miraba y me dijo: "Debes hacer una terapia. No puedes venir de emergencia cada vez que te pase esto". Me aplicaron una ampolla de destrosa y las pastillas de alprazolam. Sòlo por tres noches. Sin embargo, la sensaciòn todavìa la siento, trato de enfrentarla y no asustar a mi familia. Suficiente con todo el tiempo que estuve inactivo por los dolores a la columna. Al ller tu artìculo, me doy cuenta que no soy el ùnico, y que podemos superar esto. Un abrazo y si quieres conversar al respecto. jaurma@gmail.com

 

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    Alberto Villar Campos
    Lima, Peru
    "Y de pronto apareció por ahí ese maldito iceberg llamado Poesía o Literatura o Aburrimiento o lo que fuera con la única condición precisa de no devenir en Aburrimiento ni por un instante…". (Pablo Guevarra)
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