CINESÍFILIS

"FLORES ROTAS"; "HAPPINESS"


Una es pretenciosa sin pretender serlo; la otra lo pretende y lo es. “
Flores rotas” y “Happiness” (el orden, sí, es ese) han dejado un mal sabor en mis ojos. Lo siento: sé que el espíritu de este blog vuela realmente por otras latitudes, pero no hay de otra: si algo se mueve por dentro, hay que hacer algo.

Y ese algo es la discrepancia. ¿Por qué no me gustó “Flores rotas”? Quizá, sólo quizá, siento que esta vez Jim Jarmusch ha armado una de esas películas solemnes y linealmente extenuantes para ese resto tan abstraído en su genialidad entre los que me incluyo. Elogio y elogiaré, sí, sus minimales planteamientos cinematográficos, su aproximación casi obsesiva a los personajes y sus estúpidas viditas (Lester Burnham dixit), que sin duda le otorga una visión original, una voz concreta tanto a las tramas como a los ambientes en que ellos coexisten (¿podemos hablar de personajes jarmuschianos que no sean, o al menos se sientan, como uno solo, unido por quién sabe cuál arteria?). Elogio, incluso, el humor, a veces tan malsano y otras tan ajustado al guión, de sus obras. Pero lo que no voy a aceptar es a un Bill Murray tan ajustado a sí mismo, que no pueda sino traer a la mente del espectador a los otros Bill Murrays que hemos visto antes, en tantas, pero tantas otras pelis. Eso no. De Jarmusch no. Pero hay más: el argumento es lineal (común en tiempos como estos), pero lo es a la mala: 4 mujeres, 1 hijo y una travesía para encontrarlos a todos, físicamente o no. Espero la parquedad de un viaje como el de “Los muertos”, donde de por sí no se entiende nada (sólo se siente, ¡y cómo se siente!), o la magnificencia de un tránsito temporal como el de “El arca rusa” (e incluso el de la transparente y dolorosa muerte en “Madre e hijo”), pero no algo que esté a la mitad de ambas cosas: “Flores rotas” intenta desmenuzar una crisis, en silencio, y de ella apenas y sale un grito que dice: “¡Vamos, Bill Murray, haz otra cara, responde otra cosa, muévete distinto!”. Lástima. Salir de una película como esta, así, es casi como salir del viaje que supuso “Travesuras de la niña mala”: Jarmusch, como Vargas Llosa, no quita ni da con su último trabajo. Mejor olvidarlo, pasarlo por alto, hacerse el de la vista gorda. No ver. No oír.


Ahora bien, ¿por qué no me gustó “Happiness”? Pues ya lo dije: porque es pretenciosa y quiere serlo. Sin la menor culpa o remordimiento. Y se siente. Ese tipo, que funge de amante de niños, perturba pero no de la buena manera (si es que la existe), sino por lo marcadamente explícito que es en sus apreciaciones, en sus emociones, en su gestualidad tan taciturna, demacrada, inútil por donde se la mire. Es un tipo problema, claro, como lo son desde el inicio el conjunto de personajes (el nuevo peor que el anterior) que el director nos regala en más de dos horas (creo) simplemente aburridísimas. Y lo son intencionalmente. La historia se desinfla por cada uno de ellos, inclusive por el lado del gran Hoffmann (Capote en Capote). Ergo: son personajes de los personajes. He de decir que empecé bien (Lovitz le mete siempre, aunque sea un poquito, algo distinto a los personajes que interpreta), pero a la larga, terminé con la ilusión en los suelos: las mujeres son problemáticas (una de ellas es el extremo del ejemplo), fatales pero bellas y listo, punto aparte; los hombres son basura pasada de moda, son enfermos y están irremediablemente perdidos en un moderno valle de lágrimas, y listo, punto aparte. Las vidas de ambos grupos se juntan, ocurre uno que otro chistecito, una que otra dosis (mínima) de drama, una tensión menos fuerte de lo que uno esperaba y ¡zas, sanseacabó! El deseo de armar un discurso a partir de las desgracias de sus personajes, de elevar el título de la película (Felicidad) al rango de sarcasmo fino, de merecida contradicción, de película ácida de culto, termina por desvanecerse, ofreciéndonos, en cambio, una inmerecida situación: la de encontrarnos, frente a frente, con una historia en la que distintas voces se unen para decirnos que todo, absolutamente todo, es simple y llanamente fracaso.

Escrito por Alberto Villar Campos @ 8:25 p. m., ,

CINEMA PARADISO

Tuvieron que pasar 24 años para que al fin pudiera toparme con esta joyita indomable de la nostalgia. “Cinema Paradiso” (con serenidad acepto ser uno más que lo repita) le dilata el corazón a cualquiera, desde el más reticente de los espectadores al más gélido de los cinéfilos, pasando, claro, por un medio infinito. Cobra caro, sí, pasar por ella (quedan advertidos): ser testigo del devenir entre romántico y tristón de gentes en un pueblo mínimo italiano resulta una experiencia tan emocional como caótica. Los suspiros e incluso las lágrimas son válidas (y más que necesarias) cuando de lo que se trata es de enfrentarse a situaciones en donde el cine actúa como lo que es, finalmente: reflejo del amor, la pasión, el dolor, la pérdida, la alegría y un inacabable etc. Hablamos del cine como metáfora del recuerdo, de la ficción como sustento de una realidad universal e ineludible: la del hombre común que dialoga sobre los sentimientos que rodean su vida con otro hombre común que lo escucha sin indagar, acaso embelesado de lo hermosas que son las cosas buenas o malas. El corazón aquí (el de Toto, el de Salvatore, el de ambos en la mirada de su gran director) habla y entonces el resto es callar para entender.

El corazón se me encoge cuando todo, en ese pueblo (sus gentes, incluso su pasado), ha desaparecido. Tal vez sea así todo: está hecho para irse.



Escrito por Alberto Villar Campos @ 6:08 p. m., ,


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    Alberto Villar Campos
    Lima, Peru
    "Y de pronto apareció por ahí ese maldito iceberg llamado Poesía o Literatura o Aburrimiento o lo que fuera con la única condición precisa de no devenir en Aburrimiento ni por un instante…". (Pablo Guevarra)
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