CINESÍFILIS

CAT POWER - THE GREATEST


No tengo nada que decir al respecto. Sólo pongan play. Disfruten.



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Escrito por Alberto Villar Campos @ 7:18 p. m., ,

9 SONGS

Esta es también mi historia.

“Cuando me acuerdo de Lisa, no pienso en su ropa, ni en su trabajo, ni de dónde era, ni siquiera en lo que decía. Pienso en su olor, su sabor, su piel tocando la mía”. Él dice eso en la primera toma. Luego el cuadro se corta y entra otro donde se los ve haciendo el amor. Él dice algo más. Empieza la primera canción.

Ella bailando “como lo hacen los norteamericanos”. “Sólo la gente infeliz baila mal”, dice ella sonriente. Ella inhalando cocaína, él también. Ambos bebiendo cervezas. El fade out. El fade in nuevamente, con ella mirándolo, mientras él se la coge despacio. Ella no se corre, pero se intuye que pronto lo hará. El fade out.

La música. Una llamada telefónica. Ellos se abrazan en un concierto, sin prestar atención en el la banda que toca y el hombre que canta.

El auto (aquí sí me aburro: es la típica escena en la que ambos se preguntan cosas estúpidas: quieren conocerse). Aunque de repente, un gran plano se abre hacia el cielo y los rayos del sol se meten por entre las nubes.

(Esto también es un poco aburrido: ella ve cómo él se rasura, ambos en la tina; él luego tiene una erección y cierra los ojos).

Ambos caminan en la playa otro día. Parece uno de esos clásicos europeos si no fuera porque él, de pronto, se quita la ropa y se mete en el mar. Y le dice que la ama.

Música por cuatro minutos.

(Por un momento, podemos ver que él trabaja en algo de hielos).

Ella desnuda, recorriendo su cuerpo. Besándolo. Ambos besándose. El piano mientras ella baila en una discoteca, las luces de colores cayendo sobre su rostro. Sus largas piernas blancas que me recuerdan a otras largas piernas blancas, mientras él lee una revista y las acaricia. Un juego tonto que termina en un suave juego sadomasoquista (él venda los ojos de ella, y ella no puede sino venirse).

Ya todo es explícito. Es, sí, y vale por ello también, una película de sexo explícito. No obstante, es como si sus sexos quisieran no decirnos eso. Como si susurraran, como si dijesen que está bien estar allí, que fácilmente aquél podría ser tu propio sexo humedeciéndose. Mientras ella le susurra algo, yo puedo oír a alguien más susurrarme. De lejos, claro. No puedo evitar estar dentro como un voyeur desesperado.

Y música, claro. Y ambos mirando esta vez al cantante. A la banda. Supongo que esto quiere decir que algo anda mal entrambos. Pero no. Él coge su cabello y lo acaricia.

En la casa es distinto. Es una pequeña charla en la que ella le dice que cenará con amigos norteamericanos. Y se desvanece en negro.


Él, de pronto, juega con sus dedos dentro de ella. Y todos, ya, estamos también jugando. En nuestros recuerdos.

Van a cenar y no sé por qué de pronto los vemos en una habitación iluminada de verde, con ella y una mujer desnuda bailando muy cerca. Él se va al rato. El plano se corta y ella se masturba con un pequeño vibrador blanco.

Ahí empieza todo. Ella llora al día siguiente, sabrá el diablo por qué. Llora y se estruja contra una almohada blanca. Y no dice nada mientras él la abraza.

Ella se masturba mientras él la observa, desconcertado, al otro día. La luz cae sin vida sobre su cuerpo. Ella muerde su dedo más pequeño. Él la sigue contemplando. Es un plano largo en el que ella se corre de verdad. Y lo hace como soportando un dolor profundo.

Luego pelean. Ella grita, discute sola. Él se queda callado.

Y, claro, luego se reconcilian. Y no pueden hacerlo sino es haciendo el amor.

Revolcándose en una cama que ya parece cansada. Han sido largos meses, pero aún aguanta.

Al día siguiente, ella nos despierta con el que es tal vez el sexo oral más triste de la historia (claro, ella ríe y él goza, pero a quién le importa eso). Aquí es donde se aproxima el fin: esta película, lo dice el afiche, dura 69 minutos.

Franz Ferdinand en una actuación memorable. ¡Bang, Bang, Bang!, es todo lo que oímos a través de los parlantes.

El día de su cumpleaños, ella le regala un libro de la Antártica. Me aburro. Adelanto, pero luego los veo bailando y pienso: Sólo los infelices bailan mal.

Coca. Para ella, para él. La siento pasar ácida por el medio de mi nariz y mi boca aún cuando nunca la haya probado. El piano bonito de un viejito a quien no reconozco.

Y, finalmente, él vuelve a penetrarla. Es cierto que hemos visto esto ya un montón de veces, pero lo asombroso es que cada vez es distinto. Como ocurre realmente (tengo 24; por favor no maten mi sueño). Jadean. Ella se toca. Encima de él. Sus labios se resbalan, casi besándose. Y él, rígido, termina. Ella… parece que también.

¿El final? El final es como todo final. Ella se va y él se queda. La última canción, claro, es de Black Rebel Motorcycle Club.

Pienso: el director sabe lo que hay dentro de sus orgasmos específicos. Él sabe de los niveles de excitación en los que ellos se hallan, sabe en qué momento dejar de filmar, en qué momento volver a hacerlo. En qué momento plantarse en un plano cerrado de sus cuerpos intercambiando fluidos. La rapidez, el éxtasis cautivante, es en dos amantes como los de
“9 songs” el ejemplo perfecto de lo que hay que hacer de ahora en adelante. Volver al inicio, a las fotografías en movimiento. A esos momentos fáciles y simples que la cámara, en otro contexto, no registraría. Esa parte que queda apenas en el corte del director, tal vez en su cabeza. Siento que estoy, nuevamente y para mi alegría, ante un film como ningún otro. Aunque me aterra pensar que en realidad no me gusta tanto esta película, no puedo dejar de verla sin sentirme cómplice de sus astucias. Las mías.

En fin. Esta también es mi historia. Por qué no verlo de esa manera.

Escrito por Alberto Villar Campos @ 11:45 p. m., ,

NACIÓN PROZAC

Es raro, pero es así. Tal vez inconscientemente quería que este blog fuese exclusivamente sobre aquellas buenas películas que han marcado mi vida, sin pensar en que omitía, vergonzosamente, a las malas que, de una u otra forma, también lo han hecho. Tal vez hoy, luego de ver “Nación Prozac”, me haya percatado de ello. Por ello me disculpo y corrijo: en “Cinesifilis” habrá también espacio para hablar sobre aquellas películas que te dejan con un mal sabor de boca, con menos preguntas que con las que te hubiera gustado quedarte, pero sobre todo con ninguna respuesta que te satisfaga.

Veamos: No culparé ni un solo instante al prejuicio con el que venía –el amigo que me la prestó concluía en que lo único bueno del film eran las tetas de Cristina Ricci–. No. Como no lo es, tampoco, ese otro prejuicio: el de ser una adaptación del imparable ‘best seller’ de Elizabeth Wurtzel. No. Hay algo en esta película que me deja mal. ¿Será que el ritmo de la película no califica para un asunto tan atractivo como lo es el de la decadencia de cuando se está casi por cumplir los veinte? ¿O que uno espera con ansias ver pastillas cayendo en el suelo por el que se mueven los personajes desde la primera escena, y así concluir en que sí, la sociedad gringa está lo suficientemente adormecida y jodida con tanto remedio para el dolor? ¿O será que el tono con el que Ricci narra los hechos no es lo que uno espera de una sugerente protagonista como la que se muestra en el afiche promocional?

Cristina Ricci es todo menos una chica desnuda mirando salvajemente a la nada. Cristina Ricci o, mejor, la actuación de Cristina Ricci, es simplemente nada (de lo que suponemos), y su desnudez lo único que hace es vendernos gato por liebre. Ella no es fría (ha perdido por completo la palidez de su enjuta
Wednesday Adams), sus depresiones no son nada parecido a una depresión juvenil y es fácil comprender por qué los que la rodean no quieren ayudarla: no lo hacen porque no hay porqué ayudar. Es decir, no hay problemas. Y, si los hay, pues el espectador se queda con un vacío en la casi hora y media que dura el film. Créanme: Yo también he pasado por ese tipo de situaciones, comprendo que tengo algo dentro mío que en algún momento deberé sacar (si es posible solo y sin ayuda de terapeutas), pero en ningún momento las cosas han sido tan caricaturescas como en esta película.

Aquí sólo vemos pedazos de pedazos de pedazos de un contratiempo llamado crecer. Fragmentos de tiempo que no debieron estar allí porque a nadie (ni a quien las pasó) le interesa recordarlos. Es inútil, pero por más que intento no puedo sacar algo bueno de esta adaptación. No le creo a las lágrimas (puedo llorar y gritar peor si me roban un celular), no le creo a sus drogas, a su paso por terapia, a sus pequeños cortes en el cuerpo intencionalmente elaborados. No le creo ni un minuto a su padre hipócrita, a su madre resentida, a sus abuelos anticuados. No le creo a uno solo de los personajes que allí aparecen porque, simple y sencillamente, no son nada en un mundo raro y, ciertamente, menos complicado.

¿Y el Prozac, cuándo? Buena pregunta. Eso sólo viene al final. Si se quiere, es una cuarta parte del desordenado conjunto de acontecimientos que terminan por enfrentarnos a un mal dibujo de una sociedad perfectamente moldeada por sí sola. Y eso, en una sola persona que intenta hablarnos de un grupo de ellas (parecidas en lo de adoloridas y perdidas), en un personaje al que le falta emoción hasta para abrir los ojos, dice mucho, tal vez demasiado.

En conclusión: que mi búsqueda por descubrir el mundo (ergo: mi propio mundo, aunque fuese sólo por una noche) en un personaje tan provocativo como el que (mal)interpreta Cristina, devino en que odiara, al parar el DVD, toda –repito, toda– su “pequeña vidita estúpida” (Lester Burnham sic), que no es, claro, la mía. Ni espero la de ningún otro.

De manera que, contradiciendo a las casi sabias premoniciones de mi amigo, con lo único que me quedo de “Nación Prozac” son esas dos pequeñas fracciones de Lou Reed cantando en vivo “Sweet Jane” y “Perfect Day”. Aunque, vamos: el pobre Lou debe ya estar hastiado de que “Perfect Day” sea el juguete favorito de los directores que buscan tocar el cielo cuando ya
Danny Boyle olió los pies de Dios.

Escrito por Alberto Villar Campos @ 1:23 a. m., ,

NIAGARA, NIAGARA

En mi lista de películas sobre parejas, esta tal vez sea una de las que más he vuelto a ver (aún conservo el casette VHS, pero confieso que hace ya más de un año que no lo pruebo). Esencialmente, "Niagara, Niagara" es un film acerca del amor descontrolado, de la juventud sin camino ni prisa y sobre ese momento en el que, sin querer, uno encuentra algo que parece inútil pero que terminará por cambiarlo todo. Robin Tunney (“The Craft”) –luciéndose en su faceta de actriz ‘indie’–, interpreta a una solitaria joven con Síndrome de Tourette que conoce a un ladronzuelo (Henry Thomas, el pequeño Elliot de “E.T.”), con el que emprenderá un viaje hacia un mall en Canadá para conseguir una rara -pero muy rara- muñeca coleccionable.

Atada ella a los tics y a una familia fantasma y él a la soledad adolescente y a un padre veterano de guerra, la amistad de ambos mutará rápidamente en un amor principalmente cómplice y desganado. Y el viaje, cómo no, actuará también como una larga metáfora de sus vidas: la violencia saliendo a flote lentamente, la incomunicación con el mundo y con ellos mismos, los largos silencios en los que la travesía refleja una interminable reflexión, las medicinas como calmantes, y un largo etcétera.

Pero, como dije, esta es una película esencialmente sobre el amor sin control. Sin barreras (desechando las barreras personales de cada personaje, que se irán desmoronando con el paso de los minutos). Si bien se trata de un amor inusual (puede que este sea el punto por el cual me pegué tanto a ella por aquellas épocas), el sentido parece ser el mismo al de uno común y corriente: dos seres diametralmente opuestos que terminan, finalmente, por concluir en que son muy parecidos. Sin más, uno acaba por querer ser parte de esa utopía. Es como si antes de cumplir los veinte, uno quisiera que su rumbo fuera un poco como aquel.

De “Niagara, Niagara” me quedo con este pedazo: ambos (Marcy y Seth, así se llaman) están mirando las cataratas que dan titulo a la película, c

Escrito por Alberto Villar Campos @ 11:20 a. m., ,

POST PRIMERO

Al final de cuentas, lo único que importa es la trascendencia. Sea de uno mismo o de lo que uno haga o de, a lo mejor, lo que los demás hicieron para que uno “sea” o “haga”. Este blog versará, en un primer momento, sobre aquellas películas que han marcado buena parte de mi vida (que no es mucha: 24 años y contando). Eso en un primer momento. Ajeno a la rigurosidad, lo de aquí será sólo una revisión personal de las cintas que han quedado en mi memoria por razones que daré cuenta cada vez que escriba. De ello se encargarán los minutos que me tome en escribirlos: puede que apenas terminada una película me siente a escribir sobre ella (todos hemos sentido ese impulso en algún momento), o que un sábado por la noche, sin más, decida hacerlo con una que vi años atrás.

Aunque también, si es que quiero, hablaré de otras cosas. Porque de eso es que se tratan los blogs, ¿no? Claro, y algunos se preguntarán: ¿Por qué el nombre, entonces? “Cinesifilis” es mi pequeño homenaje virtual a un escritor colombiano ya desaparecido y genial: Andrés Caicedo (Colombia, 1951-1977). Como ningún otro, este hombre desarrolló una calamitosa voracidad por todo tipo de películas, traducida en un sinfín de textos de crítica que, luego, amigos suyos se encargarían de recopilar en un libro que lleva por título “Ojo al cine”. Aunque aún no lo he leído, intuyo (por sus cuentos y novelas) que se trata de lo mismo que yo intentaré aquí: escribir sobre esos pequeños momentos que marcaron, sellaron y cambiaron, si se quiere, un pedazo de nuestro tiempo y espacio.

Y nada. Por eso y nada más.

Para finalizar, que al ser un diario deliberadamente público, en este blog se aceptarán todo tipo de comentarios y colaboraciones. El que quiera podrá unirse a esta pequeña cruzada por la trascendencia. Y que el correr de los días, los meses y tal vez los años, nos digan lo que sigue.

Alberto Villar Campos
Lima, diciembre 2005.

Escrito por Alberto Villar Campos @ 11:02 p. m., ,


internet cinesifilis

Sobre mí­

    Alberto Villar Campos
    Lima, Peru
    "Y de pronto apareció por ahí ese maldito iceberg llamado Poesía o Literatura o Aburrimiento o lo que fuera con la única condición precisa de no devenir en Aburrimiento ni por un instante…". (Pablo Guevarra)
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