Pablo Stoll: "El hecho de seguir respirando todos los días es un homenaje a Rebella"
lunes, junio 27, 2011
El viernes pasado, el cineasta uruguayo Pablo Stoll llegó con 45 minutos de retraso a la Ex Culpable, en Barranco. Había pasado el día entero eligiendo a los ganadores del premio de largometrajes del Conacine. No se le notaba cansado sino al revés: al entrar a la sala que funciona como auditorio en esta casa vieja donde el arte abunda, lo hizo con una gran sonrisa en la cara, una sonrisa entre timida e ilusionada pero sincera. Luego abrazó a Rodrigo Quijano, el artista y el amigo, y, finalmente, se paró frente al público. Unos cuantos aplaudieron, el resto, quizá, pedía, silenciosamente, explicaciones por la tardanza. “Vengo de trabajar con el gobierno peruano, y les agradezco por haberme pagado con sus impuestos”, bromeó.
A unos días de que se cumplan cinco años de la muerte de Juan Pablo Rebella, con quien filmó la entrañable 25 watts y Whisky, Stoll ha decidido seguir llevando el luto de su mejor amigo en la ropa y en su cabeza. Y vino a presentar “Hiroshima”, su primera película en solitario, filmada en el 2009. "Hiroshima" es la historia de su familia contada a través de la vida de su propio hermano, un tipo que trabaja de noche, casi no duerme y menos habla, que rolea sus propios cigarrillos y oye mucha, muchísima música under uruguaya. Pero también es la historia sobre su amor por la gente extraña y por las situaciones absurdas y por los silencios. Vino a Lima a presentar la peli y eligió a Barranco porque seguramente esta es la única manera en que se la podrá ver aquí. Aunque no: después de la proyección, vi a un hombre llevarse una copia mientras sonreía. Luego supe que el disco se lo entregó el propio uruguayo, y que ahora se vende en Polvos Azules.
Esta es la entrevista* de un fan a un hombre que hace comedia pero no le creen.
¿Cómo se dio la invitación para ser jurado del Conacine?
Recibí un correo de la institución y me pareció interesante volver a Lima con una razón. No conozco mucho de cine peruano y no sé qué podía aportar al concurso (rie), pero estuvo bueno. El grupo de jurados estuvo bastante interesante. Tuve un mes para leer 21 guiones. Era bastante laburo leer todo eso en ese tiempo y tener una idea de lo que estábamos diciendo. Por lo demás, es la cuarta vez que estoy aquí, en una ciudad que me gusta y en la que tengo muchos amigos.
Años atrás, Juan Pablo Rebella y tú despotricaban contra el cine latinoamericano que vende pobreza “for export”. ¿Viste eso en los guiones que te tocó leer?
Traté de evitar aquellos que lo tenían. Lo que vi fue una apuesta bastante fuerte por el género del ‘thriller’ o similares. Como en todos lados, habían cosas muy bien y otras espantosas.
¿Fue difícil elegir a los ganadores?
No, el acuerdo y la deliberación fueron bastante rápidos. Las entrevistas con los directores me hicieron identificarme con ellos.
Hace años comentaste que el cine uruguayo no existía…
Sí. Ahora hay películas. El año pasado, por ejemplo, se estrenaron 10 películas, lo que fue un momento inpensado…
¿“Hiroshima”, tu primer proyecto en solitario, lo presentaste a concursos?
“Hiroshima” no se presentó porque es una película muy extraña y personal como para enviarla a un fondo a que sea evaluada por un jurado. Por suerte, tuve la posibiliadd de hacerla, tenía la plata y la hice con 14 amigos en diez días. Mi último proyecto, “Tres”, sí lo presenté, y fue premiado.
¿Por qué te pareció que no podía participar?
En realidad no tenía ganas de explicarle a nadie por qué la quería hacer muda y por qué iba a haber esa música uruguaya súper ‘under’ que no la conoce ni Dios. Estaba en la posición ideal para hacerla sin tener que pasar por todos esos filtros.
¿Esta película la tenías pensada cuando Rebella estaba vivo?
Sí, y quedamos en que la iba a hacer yo solo. La película nació por la necesidad de acercarme a mi hermano y, si este me hubiera dicho que no quería actuar en ella, simplemente no la hubiera hecho.
¿Qué pasó contigo tras la muerte de Juan Pablo Rebella?
Pasé dos años sin hacer cine, haciendo televisión, un programa de humor nada qué ver…
¿Fue una decisión abrupta?
Fue una cuestión casi física. No podía encarar un rodaje o alguna situación así. Hice un par de videoclips, hice tele. Fue como el momento de retraerme y ver qué hacía. Sabía que iba a hacer cine, pero me tomé mi tiempo…
En los créditos finales de “Hiroshima” le dedicas la película a Rebella…
Sí. Lo hice, primero, porque creo que le hubiera gustado. Segundo, porque el hecho de seguir respirando todos los días es como un homenaje a Rebella. Yo pienso en Rebella un promedio de dos veces por hora. Y su muerte fue muy rara para mí en su momento y sigue siendo rara y es una cosa de la que no me voy a recuperar en el sentido estricto...
“Tres”, la película en la que trabajas ahora, fue un proyecto que ambos tenían juntos…
De hecho, estábamos trabajando en ella cuando murió. Teníamos 36 paginas escritas y a mí me costó releerlas. Despuéds de ello empecé a escribir el guion de cero y, cuando terminé, lo que encontré era bastante parecido a lo que escribimos al inicio.
¿De qué trata la película?
Es una película sobre un padre que decide volver a la vida de su ex mujer y su hija y cómo ocurre eso. Está contado en un tono de comedia rara…
La comedia es una constante en sus películas…
Yo le digo a la gente que siempre hice comedias y no me creen. Todas mis películas son comedias, raras pero comedias…
…pero en las que también hay drama…
No hay melodrama, nada de drama profundo, pero sí drama cotidiano. Las películas son como absurdas y hablan desde ese lugar. El absurdo te ayuda a ver en perspectiva las cosas que te pasan y a no tomártelas tan en serio…
¿Fue difícil mover comercialmente “Hiroshima”?
En España se estrenó por Internet. En Uruguay sí se estrenó en salas y en EE.UU. también. Sé que le fue muy bien en Seattle… (risas).
¿Por qué no se estrenó acá? ¿Te han llamado del festival de cine de la Católica?
No me han invitado, pero no pierdo las esperanzas…
Rebella y tú solían ser bastante críticos con el cine: podían odiar o adorar una película. ¿Cómo ves el cine latinoamericano desde esa perspectiva?
A mí me sigue pasando todavía lo de amar u odiar. El cine latino tiene sus problemas, como todo el cine, pero yo ahora trato de ser bastante selectivo. Hay directores que no voy a ver porque sé que no me van a dar nada nuevo. Ahora, con el cine en general, ultimamente veo bastante cine viejo. Me parece que el cine no tiene edad y que puedes disfrutar una película de Preston Sturges igual que una de “The Hangover”.
La música era algo que te unía a Rebella y eso se nota claramente en las películas…
Era algo que nos unía como amigos. Juan era músico y en “Hiroshima” hay música suya. Él era músico muy privado: tocó en vivo como tres o cuatro veces. “Tres” es también bastante musical, de hecho tiene partes enteramente musicales.
¿La música peruana te interesa?
Para “Tres” quería poner la versión de Los Belkings de un tema de los Shadows, pero no pude. Fue un problema de derechos… **
¿Qué es para ti Rebella?
Es lo mismo de siempre: el mejor amigo que tuve. A pesar de que lo conocí en la universidad, pasamos diez años muy juntos. Él sigue siendo un tipo con el que tengo mucho en común más allá de que se haya matado…
¿Eran una sola cabeza a la hora de crear?
No, de hecho peleábamos bastante. Teníamos diferencias importantes…
¿No ha quedado un proyecto inconcluso de ambos?
Teníamos un montón de cosas escritas juntos, pero mi computadora me la robaron. Así que nunca más van a aparecer y capaz que está bien…
(*) La entrevista fragmentada salió publicada hoy en El Comercio.
(**) Para los melómanos, estas son algunas de las bandas que incluirá Stoll en “Tres”: Los delfines, Fernando Cabrera, el Sexteto Electrónico Moderno, Guided by Voices (“paqué peso a peso por sus derechos”, dijo) y Los chicos eléctricos. A la mayoría de estas pueden conocerlas en Youtube.
Etiquetas: cine uruguayo, hiroshima, juan pablo rebella, pablo stoll, rock
Escrito por Alberto Villar Campos @ 8:41 PM,
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EL MEJOR DISCO DEL AÑO
viernes, diciembre 12, 2008

Créanme. Rock and Roll de primera gracias a Lo de pituco.
Enjoy.
Escrito por Alberto Villar Campos @ 11:54 PM,
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DIOSES
domingo, noviembre 02, 2008

Dioses, sin duda, fue la película peruana más esperada del año. Se trata del segundo largometraje de Josué Méndez, un director con una ópera prima estupenda que lanzó, tal vez sin quererlo, una pregunta que ansiaban tanto los críticos como los espectadores: ¿Es posible descubrir a un director que no se interese solo por registrar superficialmente nuestra sociedad, sus necedades y problemas, sino que sea, por sobre todas las cosas, capaz de alzar una voz (la suya) por sobre todo y descubrir una mirada personal, distinta?
Días de Santiago atrajo, sobre todo, por eso mismo, por la mirada que impuso Méndez en el protagonista de la historia, ese caminante sin rumbo en cuyos silencios y en sus escabrosos y desangelados pensamientos era posible encontrar un ritmo reprimido, pausado como violento y, en suma, odiosamente agotador. A través de las calles, en las discotecas, en esos diálogos de emociones ausentes y en las evocaciones a esa insoportable temporada en el Ejército, Santiago hablaba del desconcierto humano, de la locura, de la pobreza moral que emerge de todo ello y del futuro inexistente que –lamentablemente para él– se confunde con un presente sin forma alguna de retorno.
En Días de Santiago, los escenarios son retazos de un camino cuesta abajo, los blancos y negros de las escenas son el sello de una película donde la memoria se exprime con violencia y golpea con una fuerza indescriptible. Cine de autor, una voz que quiere decir algo además de todo lo que uno ve (o cree ver) en la pantalla.
Apoyado por Stephen Frears gracias a la prestigiosa beca Rolex, Josué Méndez se impuso una compleja tarea en este, su segundo proyecto cinematográfico: retratar las capas de la sociedad limeña a través de dos sectores que se confrontan: los ricos y los pobres. Un amante del cine común y corriente como el que escribe estas líneas hubiera esperado en Dioses no una continuación de Días de Santiago (algo que, por lógica, resulta imposible), sino tal vez el rescate de los recursos estilísticos que la convirtieron en esa suerte de paradigma de aquello que bien hubiera podido llamarse el nuevo cine peruano. Lamentablemente, Dioses convirtió una ilusionada espera en un autogol de media cancha.
¿Qué es Dioses? La sinopsis habla de los placeres, las culpas y la decadencia que una familia de clase alta limeña enfrasca en relaciones incestuosas (los hermanos Diego y Andrea), en noviazgos enmascarados entre una pareja de mundos que se oponen (el adinerado Agustín y Elisa, su novia 20 años menor) y en el sinfín de nimiedades que a estas rodean. Pero lo que vemos, en realidad, es un inútil registro que se interesa por lo más obvio y explota –o trata de hacerlo– a partir de diálogos banales y sin emoción, estos donde, quizá, el más ingenuo espectador podría suponer que se sitúa el objetivo del filme: desentrañar lo más aberrante de una sociedad que usualmente observamos como quien mira al cielo a partir de sus vacías existencias.
Quien ve Dioses se da de frente con el objetivo fallido del director: dibujar la clase pudiente con ayuda de sus extravagancias, esos rencores planteados por debajo del mantel y aquellas sonoras burlas a sus empleadas que, por lo demás, hablan en quechua cuando están solas y jamás duermen. También lo hace con la música electrónica y en los cuerpos perfectos que buscan dilatarse en las luces multicolores de una discoteca. Lo hace, también, con un embarazo inesperado que, valgan verdades, trae consigo una interrogante vergonzosa: ¿Cargar un hijo no deseado debe suponer el quiebre de una línea recta familiar donde, antes, tampoco había nada que pudiera o diera al menos la impresión de poder quebrarse? ¿No pudo ser, acaso, el noviazgo entre una chica pobre y un viejo adinerado que busca entre las tetas de ella la razón para sentirse dios, ese factor sobre el que se pudiera haber engarzado una historia con personajes que mueren al momento de interactuar, de abrir la boca?
El diccionario define la palabra Estereotipo como una “imagen o idea aceptada comúnmente por un grupo o sociedad con carácter inmutable” y eso es lo que, en Dioses, Josué Méndez caricaturizó a la perfección: Diego es solo un joven con los ojos forzadamente perdidos en cualquier lugar, achicado frente a un padre que es todo hombría, borrachera y arrechura; Andrea es una chica que no tiene nada que hacer un domingo y escoge tirarse el desayuno con su hermano y viajar en ‘pepas’ mientras su cuerpo se confunde con los del resto; Agustín es el empresario que quiere que su hijo siga sus pasos y se empeña en proteger a su descarriada y adorada primogénita; y Elisa solo quiere aprender de jardinería y comprar perfumes y pisa tierra de vez en cuando hablando con las empleadas de su casa de playa y evitando, sobre todo evitando, presentarle su familia serrana al viejo de su enamorado.
¿Qué hay además de todo eso? Algunos cortes errados en la edición, una fotografía que solo en dos o tres ocasiones logró evocar a ese magnífico plano usado de Días de Santiago, donde un personaje observa el resto del mundo (Diego a punto de bajar las escaleras del cerro en donde se refugió) como si a través de ello fuera capaz de explicarlo y olvidarlo todo.
Dioses, a fin de cuentas, es lo que menos quería de Josué Méndez: que me devolviera la odiosa realidad de un cine que no es capaz de subir un escalón sin mirar el suelo del que nace.
Escrito por Alberto Villar Campos @ 6:11 PM,
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VOLAR
sábado, julio 26, 2008
Alguna vez, siendo un adolescente, me invitaron a deslizarme por una cuerda desde varios metros de altura. Estábamos en un restaurante a las afueras de Bogotá con mi familia, acabábamos de almorzar. Era una tarde fría: todos llevábamos casacas. Yo, lo sabía entonces, no iba a ser capaz de hacerlo. Entonces, supongo que puse mi peor cara de tristeza, de esas que siempre me fueron útiles para salir ganando. Creo que una de mis hermanas se llegó a lanzar de ese aparatejo. A mí, sencillamente, me resultaba pavorosa la idea, aún cuando eran menos de cuatro metros los que la separaban del suelo.
Hace pocas semanas (quizá dos), me ofrecieron la oportunidad de tener un rápido viaje en parapente. Menos de cinco minutos, dijeron, porque nadie puede describir lo que se siente si es que antes no lo ha vivido. Era un día de sol, tal vez un miércoles, y yo había llegado a ese malecón miraflorino para hablar con extranjeros sobre este país. Algunas veces no es necesario pensar: yo, que justo minutos antes, viendo desde la pista de la Costa Verde a esas personas volar por los aires, había jurado no subirme, estaba a punto de emprender un viaje que jamás podré describir. Quién sabe qué extraña razón me llevó a hacerlo. Con la cámara en mis manos, fue fácil disparar.
Escrito por Alberto Villar Campos @ 5:10 PM,
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SICK
viernes, junio 06, 2008

La humedad de un viernes por la noche hace que el cigarro se apague casi al instante.
Me siento a escribir de Sick, la peli que vi hace unos días pero que recién hoy empieza a borrarse de mi cabeza.
En serio, no he visto una película que se le iguale. Es dura en cada segundo, potente, en extremo dolorosa, como si te clavaran siete fierros calientes en el mismo lugar y te gustara siempre.
Pero duele, también duele. Y eso porque Bob Flanagan es un personaje sin esperanza. En todo el documental, en todos los años en que lo siguen (no lo persiguen) no muestra siquiera una sola gota de ilusión, de fe. Lo suyo, como una fan suya lo dijo, es una vida esperando la muerte.
Escucho un disco de Porter y la combinación de tristeza y felicidad es contundente. No sé qué pensar de Flanagan ahora que oigo a un tipo al que no le entiendo las letras ni me importa, en verdad, entenderlas.
Bob Flanagan se comprometió de por vida a someterse a una mujer que nunca lo quiso. Y que hizo lo que debió con él: lo masacró con silencios y palabras, eran dos personas que, en soledad, se multiplicaban. Eran perfectos en su extraña ecuación.
Sick, para los que no la han visto todavía, registra varios años en la vida de un tipo que padece de fibrosis cística, una enfermedad incurable hasta ahora y que hace que los pulmones estén siempre llenos de flema y por tanto no se pueda respirar, y se enferme a cada rato. Como un muerto viviente que no entiende porqué algunos caminan sin cansarse y otros, la minoría, ni siquiera son capaces de dar dos pasos sin querer dormir.
Flanagan, a diferencia del resto, prefirió hacer de su vida una obra de arte. Le mostró al mundo entero que el dolor era una forma de decirle a la muerte que iba a estar listo cuando llegara. Que un día más comprendiendo que, en realidad, era un día menos, no importaba. Murió hace más de una década, y en la película uno lo ve preguntándose algo que hoy, ayer, y anteayer, me preguntaba con una fuerte sensación que no podría calificar sino como triste: ¿Qué siente una persona cuando se da cuenta que la muerte es lo que sigue? Uno ve al artista sumido en mil preguntas que son en realidad una sola, y no puede sino sentir que el mundo entero se desmorona de repente. Es asqueroso, malditamente asqueroso. Es la primera vez en mi vida que vi a alguien tan frágil frente a algo, paradojicamente, tan frágil.
Se acaba la canción. Bob Flannagan ya no está y yo me siento esta noche un poco como él. Respiro, pero quiero respirar un poco más que el resto.
Escrito por Alberto Villar Campos @ 11:12 PM,
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LAS COSAS SALEN MAL
lunes, mayo 26, 2008
Hay momentos en los que uno existe y otros, como en el enamoramiento, en que se deja de existir para ser otro. Es un tiempo en donde todo se descontrola y el orden del universo se impregna de un aroma distinto, de eso que el otro quiere y lo que este, por si fuera poco, simula ser también. Lo malo, lo irreversible, es que esos momentos se acaban. El fin es un punto o tres puntos que nadie, a ciencia cierta, sabe cómo descifrar.
Luego, quedan las canciones.
Escrito por Alberto Villar Campos @ 10:28 PM,
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CAFE TACUBA
sábado, mayo 24, 2008
Yo no me voy a matar por convicciones ajenas...
mayo 22, 2008.
Escrito por Alberto Villar Campos @ 6:36 PM,
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REFLEJOJELFER
jueves, mayo 15, 2008
Cierro mis ojos y lo que veo es esto: un tipo cada vez menos flaco, con cada vez menos cabello, tecleando mientras el mundo gira alrededor suyo. Este hombre, de apariencia temerosa, uñas cortas y olor a colonia, quiere volver a creer. Pero la rutina lo estanca. O al menos eso es lo que parece. Este hombre, que no es sino el reflejo de otro sobre un horizonte metálico, arañado como una fotografía que se desecha, tiene a su vez la apariencia de un animal aturdido por el destino. Por un desierto donde no hay noche y tampoco día. Un animal que no corre ni vuela ni hace nada. Este hombre, que ha dejado por un momento de ser hombre, se responde ciertas cosas y evita acercarse a las demás. Mientras pasan los minutos, este hombre, que ha vuelto a ser hombre, ha perdido algo más de cabello, su barriga ha crecido y ha encontrado cierto temor en tener de nuevo que parar el tiempo. Entonces, todo vuelve a ser como antes. La normalidad es de esas balas que no entran ni salen.
Escrito por Alberto Villar Campos @ 6:19 PM,
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