CINESÍFILIS

29/03/13, 12:12


La música.

No es una cuestión de perder tiempo: todo lo contrario. Nos merecemos más tiempo y música, más sinrazón. Menos espacios de lógica. Ahora que estamos reunidos pero tan desunidos. Ahora que nos creemos tanto siendo tan poco. Me divido, me parto en un rayo: soy dios.

Espero que algún día el calor de cientos de tristezas me conviertan en un tipo alegre, desconfiado, desgarrado, sin embargo; pero hambriento y caminante y sopesando la gracia del resto, de los otros.

Las guitarras, el eco sonriente, frío y caliente, desnudo, la voz que se cae y se apaga, que es como un chillido malévolo, siniestro, pesado como un pecado. Como un pescado.

Una imagen salada: despierto y me he convertido en una cucaracha. Respiro, tengo una boca, y en mis ojos comparten un solo espacio la rabia y la resignación. Tengo un casco, las uñas pintadas, un terno gris aparta el cáliz de todas mis podredumbres. El terno es gris, la gracia es eterna. Bajo mi rostro, el brillo de una laguna maravillosa, llena de orín.

El grito es desgarrador. Y la escritura, mínima. Hemos estado perdiendo el tiempo, le dije. Pero lo hemos aprovechado, o algo así, me respondió. Mete la llave, enciende el auto, pone primera, lo apaga. Creí que teníamos algo, pero hemos perdido el tiempo, repito.

No nos dejamos de querer, simplemente algo nos alejó.

No es que nos hubiéramos dejado de querer, es que algo simplemente nos alejó.

Simplemente nos dejamos de querer, no es que simplemente nos alejáramos.

El auto se enciende, el eco de una sonrisa nos lleva de encuentro: es difícil sentirlas alrededor, como demonios que flotan sobre nuestros cadáveres, mientras sabes que nos espían, mi amor.

Nos han entregado el regalo del espacio.

Son las cero con cuarenta y dos. No hay más qué decir salvo esto: tengo y prefiero cerrar los ojos.

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La música se enciende, es como un rebote, un disparo, como todas esas cosas que, cuando niño, te asombraban. O te atemorizaban. Julio no recuerda cuándo fue exactamente el momento en que de la guitarra pasó a leer diarios y a perderse todo lo que valía realmente la pena. Pero se imagina que quizá fue al poco tiempo de salir del colegio. Ya no había marihuana, esas tonterías de viernes que por las noches solían armar en casa de un amigo, en La Molina, ese parque viejo e inmenso en donde todos los ricos se van a podrir hasta que los entierran.

Es un sujeto deprimido, pero al que la música le gusta. Le gusta el color, la melancolía, las desfachateces, la imagen en blanco que aparece después de cada gran momento. La melancolía, palabra tan exacta, tan menor, como un cabello. La barra azul que me indica varias cosas: cantidad de páginas, cantidad de palabras, idioma, modo de lectura y diseño de impresión, acercar o alejar.

El bus se detuvo en el paradero 58 y la música, breve y potente, era La Hermana Menor. Había descubierto sus canciones una noche cualquiera en que, sentado en su pequeña oficina, terminaba de conversar con un viejo amigo y, de pronto, por la ventana del chat, explotó el link de una canción que era como un tango pero en clave de Joy Division. Potente, austera, triste, suicida, inmortal. La guitarra nos recordaba a uno de esos viejos amigos con los que crecimos, de esos que nos habían ilusionado con armar una banda, y entonces tú te comprabas la batería, el otro el bajo y tú te resignabas a cantar. Y ni siquiera tanto, porque tu padre al final te regaló una guitarra en Navidad y fuiste feliz, más feliz incluso que el amigo ese a quien para colmo no le regalaron nada, o al otro al que sí le dieron la batería pero a las dos semanas se aburrió de verla y la despedazó  y pronto nadie volvió a hablar más de la banda. Tú, igual, seguiste con la guitarra, y tres años después, recién después de que se te pasó la tristeza y estabas ya en otro país, aprendiste a tocarla y entonces cada canción era necesaria y justa y debías tenerla, aprenderla, aprehenderla y deshacerte de ella en un instante. En lo que dura una canción punk.

Era hora de hablar con los perros y felizmente la cordura había tocado fondo. Por entonces era difícil reconocer cada pedazo de intimidad que nos rodeaba. Una pequeña muerte que arreciaba sin prisa, un desvarío solitario que se apretujaba en cada uno de tus chistes. Era tonto, de por sí, pero había que apurarse si no queríamos morirnos de frío en ese parque, en esa música, en esa guitarra, en esa canción.

En Joy Division.

Y sin embargo, nos habíamos mantenido juntos por algo: era difícil lograr que la canción fuera más lenta que nuestras voces sobre la carretera. El auto no llegaba a los paraderos 58, pero era capaz de volar a cualquier año y ese año, entonces, es el 2013. El 29 de marzo. Las doce y doce.

Escrito por Alberto Villar Campos @ 12:17 a. m., ,

Agustín, rebelde sin causa




La tienda de El Che se ha convertido en marca registrada en la Ciudad Amurallada de Cartagena, pero Agustín Orozco, su dueño y la viva imagen del guerrillero argentino, apenas sabe quién es ese personaje con el que se tropieza cada vez que se mira en el espejo.

Por Alberto Villar Campos

Un buen día Agustín Orozco decidió que iba a pasar el resto de su vida desconociendo al hombre que veía en el espejo. Lleva una guayabera blanca acribillada por la mugre, carga –como un equilibrista– 49 años en las espaldas y confiesa, sin el menor asomo de culpa, que el Che Guevara es apenas “un hombre igualitico a él”. Las barbas negras, gruesas y desiguales esconden su cuello chamuscado por el sol, y de la sucia boina que corona su cabeza emergen unos cabellos grasos y ondeados. Agustín dice que no sabe casi nada del guerrillero argentino, pero de algo sí está seguro: hace 20 años armó una revolución en la Calle de la Necesidad.

Su imagen de rebelde sin causa es una marca registrada en Cartagena. Cuando llegó al barrio de San Diego para abrir su tercera tienda, en la que ofrece abarrotes y licor, El Che tenía ya el rostro quemado de un veraneante, usaba esa boina pequeña y maloliente, y en su semblante se multiplicaba la felicidad de quien se sabe extraño, pero querido. En ningún lugar como este Agustín Orozco se había sentido tan bien. Era perfecto. “Yo nunca fui inteligente –sostiene–. Sé leer, pero no escribir: cuando lo hago, al rato vuelvo y leo y no entiendo lo que puse; fui siempre un hombre de monte, pero me aburrí y a los 18 años vine pa’ Cartagena, arrimado a unos hermanos”. En el bolsillo de la guayabera, dos lapiceros duermen el sueño de los justos.

Agustín, el décimo de 13 hermanos, de rostro avejentado y ojos marrones, nació en San Vicente de Antioquia y solo estudió la primaria, pero a los 8 años se había convertido ya en el mejor vendedor de frijoles y papas del pueblo. “Mi niñez fue maluca porque había poca comida –refunfuña–; me pasaba un año entero trabajando en la tierra, no salía del monte, era muy fastidioso, pero, eso sí, nadie vendía tan rápido y tan a mejor precio sus cosechas”.

Dice que, aunque es un hombre pacífico, jamás dudó en rastrillar su Ruger calibre 38 para espantar a los bandidos de sus negocios.

– A quien me trataba de atracar se la iba quemando enseguida, le daba fierro enseguida. Siempre tiré al aire, y los ladrones se iban de mi tienda diciendo ‘qué ‘jueputa cachaco, vive haciendo tiros’.
– ¿Nunca pensó en ser un revolucionario como el Che Guevara?
– De pronto de joven, pero para hacer respetar las leyes, nada torcido.
– ¿Qué le parece injusto en Cartagena?
– Que atropellan mucho al turista, hay lugares en donde les cobran el triple por las cosas. ¡Oiga, pero si ellos tienen plata es porque se la han ganado!

En 1963, año en que Agustín Orozco nació, la Revolución Cubana llevaba apenas cuatro de instaurada y Ernesto Guevara enviaba un primer grupo de guerrilleros a Argentina para tentar la lucha armada. Se lo cuento para hablar un poco del origen de su fama, pero el paisa ni se inmuta. Frente a ambos, varias botellas de cerveza vacías se amontonan en una de las mesas de la tienda, mientras dos tipos prueban sonrisas de media mañana y hablan tonterías. “Hace treinta y pico de años a mi hermano mayor lo mandaron a pintar la foto del Che en el colegio, pero yo ni sabía quién era. La verdad he leído poco de él, sé que era médico, guerrillero, que estuvo en Colombia pero que no le gustó nuestra guerrilla, y que lo mataron en Bolivia”.

Lo que sí sabe es, sin embargo, que viajeros de todo el mundo llegan a su bar para conocerlo, para tomarse una foto con él y beber cerveza mientras oyen boleros y rancheras. Si Juan Valdez es el café preferido por los turistas en la Ciudad Amurallada, la tienda de El Che es el bar de mala muerte que más extrañan al irse. Cada noche allí es una juerga fulminante: hay baile, borrachera, desenfreno. Y los vecinos de este tipo bajito y gozón solo saben agradecerle por algo que ni aún hoy él entiende: Agustín trajo de vuelta la alegría a una calle necesitada.

Si algo tienen en común, además del semblante, El Che de Cartagena y el guerrillero argentino, muerto en octubre de 1967, es su interés por las plantas. “Me gusta coger hierbas y probar a ver a qué saben y para qué sirven”. Sus últimos experimentos buscan apaciguar la gastritis que le diagnosticaron en febrero pasado. Aún así, Agustín Orozco afirma que no se resigna a llevar una “vida sana”, pues el único deporte en el que asegura que es bueno es en el de tomar cerveza, gaseosa y jugos ácidos.

El Che puede contar con los dedos de una mano las veces en que, por necedad, se cortó la barba y los cabellos, pero ahora, frente al retrato que le hizo su buen amigo Serbio Tulio Cirka en 1996, jura que ya no lo hará más, “porque la última vez que ocurrió, una niñita que me vio por la calle me dijo: ‘Tin maluco, así no te conozco”. A pesar de que le gustaría tener hijos, Agustín confiesa que hace tres años unos médicos le dijeron que su esperma era de baja calidad. “Por eso tengo que conseguir a una mujer que quiera hacerse una inseminación”, se franquea. Luego ríe.

– ¿Y ha tenido muchas mujeres en la vida?

Con falsa modestia, responde:

– Las tengo salteadas: una viene un día, otra al siguiente y así. Ahora tengo tres. Ser El Che me ha dado fama, todavía no con las extranjeras, pero las que sí ya ni me recuerdan por el nombre.

El hombre más famoso de la Calle de la Necesidad sirve cerveza todo el día, dice que no quiere volver a los montes de Antioquia y recuerda que alguna vez, en Venezuela, un “cobarde” le gritó, antes de subirse a un taxi: “Qué viva el Che… pero enterrado”.

Esa fue la única vez que lo insultaron. Y quizá porque el guerrillero más querido en Latinoamérica es apenas un rostro con el que se tropieza cada mañana en el espejo del baño, Agustín Orozco ni siquiera vio de dónde, cómo ni por qué le cayó el golpe. Y vaya que no le importó.

(*) Reportaje escrito para el taller "Cómo se escribe en periodismo", de Miguel Ángel Bastenier, organizado por la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano en Cartagena de Indias.


Escrito por Alberto Villar Campos @ 4:20 p. m., ,

El regreso a África




Las muertes en San Basilio de Palenque duran nueve días. El lumbalú, el rito con el que este pueblo de 4 mil habitantes despide a sus difuntos, se ha conservado vivo hasta la actualidad. En él se mezclan el baile, los cánticos, las lágrimas y el dolor. Y la muerte se llama María Lucrecia. (*)



Por Alberto Villar Campos.

Nueve días exactos tardó Ceferino Márquez en llegar a África. Su cuerpo había sido consumido por la diabetes y enterrado en el único cementerio de San Basilio de Palenque, un camposanto de muros bajos pintados de blanco y cuya puerta está coronada por dos enormes plantas de mango y una figura de la Virgen. Ceferino tenía 40 años y su muerte no tomó a nadie por sorpresa: la enfermedad lo había golpeado mucho en los últimos meses. Todos sabían que la partida de ‘Panela’ estaba cerca.

En el primer pueblo libre de América (fue liberado del yugo español en 1613), un rito ancestral aleja de este mundo a sus muertos: el lumbalú, una ceremonia bañada por las tradiciones africanas y que los palenqueros han conservado intacta por más de 400 años. “Es el ritual de la muerte que traduce un dolor colectivo”, explica Tailer Miranda, el principal gestor cultural de esta comunidad de apenas 4 mil habitantes.

La despedida del negro Ceferino Márquez, la última que se ha efectuado en Palenque, mantuvo el espíritu mágico del lumbalú: a lo largo de nueve días, las mujeres de su familia, amigas y conocidas profirieron cánticos dolientes en lengua palenque y lloraron, primero alrededor de su ataúd y, luego, ante el altar con el que se recordaba su vida. Los amigos de su ‘cuadro’ –que es como se llama en el pueblo al entorno amical más cercano– se encargaron de conseguir el dinero para preparar la comida, que se agasajó a los deudos en esos días. Todos quienes alguna vez tuvieron algo que ver con el muerto deben cumplir una tarea específica en el ritual. Los niños solo pueden ser, sin embargo, testigos de las ceremonias, no conocerlas. Es peligroso hablarles de la muerte muy temprano.

Moraima Simarra y Concepción Hernández son las dos mujeres que el pueblo eligió para guiar los cánticos fúnebres en los lumbalús. Pero estas ‘rezadoras’ viajaron a Cartagena el viernes, un día después de la partida de Ceferino. Hoy es sábado y los niños juegan al trompo en la plaza principal, mientras que algunos viejos contemplan en un pequeño televisor los videos de Diomedes Díaz, el rey del vallenato. No hay sol y eso hay que agradecerlo, dice Tailer, “porque el sol aquí sale solo para devorar”.

Al igual que Simarra y Hernández, el profesor de secundaria Sebastián Salgado es uno de los que mejor conoce el ritual. Explica que empieza inclusive antes de la muerte, cuando la familia y amigos del enfermo intentan curarlo con medicinas tradicionales y, sobre todo, luchan para que no aparezca María Lucrecia, el personaje que, en la mitología palenquera, llega al lecho de muerte para “llevarse al enfermo”.

Salgado cuenta que dejar un instante solo a un moribundo equivale a abrir la puerta a esta mujer con forma de calavera. “María Lucrecia está ahí, rondando, al acecho; cuidar al enfermo crea una barrera, la persona que lo haga no puede dormir”, agrega.

Y no solo eso: en Palenque los moribundos pueden también anunciar su partida. Según cuenta Salgado, “un enfermo va a morir cuando le dice a sus familiares que ya no quiere comer porque un amigo, que murió hace años, le trajo ‘arroz de coco con pescado guisado’”. En buen cristiano, significa que un difunto lo ha invitado a seguirlo.

Cuando Ceferino Márquez murió, todas las camas de su casa fueron desarmadas y su familia tuvo que dormir en el suelo. La explicación para ello es simple: se piensa que los muertos pueden tropezar con los catres al buscar la salida. Y como cuenta el bailarín Gabriel Marimón, de 17 años, nadie puede permanecer cerca de la puerta principal durante los rezos del noveno y último día pues, "si el alma pasa por tu lado, puedes enfermar”.

El día del entierro, el cadáver debe ser colocado con los pies hacia la puerta, para facilitar su “salida” de la casa y la posterior llegada a África, el paraíso de los palenqueros, según sus creencias. Además, el noveno día del lumbalú, los cánticos y rezos deben de repetirse en las viviendas que más frecuentó: las de sus amigos más cercanos. De lo contrario, es probable que se lo vea “deambulando” por allí. Salgado explica que, según la cosmovisión del pueblo, una persona tiene tres almas: una deja que el cuerpo con la muerte y otras dos que deben irse de su casa y del pueblo.

Los palenqueros son gente que pasa la vida preparándose para morir: la mayor parte manda confeccionar los trajes y vestidos con los que quieren ser enterrados después de cumplir los 50 años, cuando alcanzan la madurez. Los cadáveres de las mujeres tendrán, a su vez, que ser maquillados y peinados por sus comadres, pues así lo exige la tradición.

El día en que murió ‘Panela’, las mujeres de Palenque rodearon su féretro y le cantaron: "Chi man kongo, chi mari luango, mi angola, juangungu me a re yama, mini ma poito o pika, mi kabesita ri alo". La despedida a un hombre sencillo era más que dolorosa: en una lengua áspera y musical, anunciaban al pueblo que el muerto había venido de Angola, que estaba perdido y que las gallinas iban a comérselo, pues se había convertido en arroz. Ceferino volvía a África por todo lo alto: con la venia de quienes más lo quisieron.

(*) Reportaje escrito para el taller "Cómo se escribe en periodismo", de Miguel Ángel Bastenier, organizado por la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano en Cartagena de Indias.


Escrito por Alberto Villar Campos @ 4:45 p. m., ,

Michelle se confunde con la lluvia


Michelle busca dinero a cambio de sexo desde hace tres meses en Cartagena. Dice que lo hace por su madre, que sufre de insuficiencia renal. Solo se ha enamorado una vez de un sicario, muerto hace menos de un mes. Esta es la historia de un hombre de 19 años que sueña con operarse las tetas para ser mujer.  (*)



En una esquina de la calle 25, una oscura vía que desemboca en el Centro de Convenciones de Cartagena, Michelle se ha cansado de jugar con el paraguas. Pasea sin ganas su metro ochenta de estatura bajo una lluvia fastidiosa, lenta como un vallenato al que le sobra despecho y sin embargo imperceptible para los gringos que van en busca de parranda. Es un jueves cualquiera en una ciudad universal, el reloj de la torre que corona a la Ciudad Amurallada marca las 11. Para Michelle, de 19, la noche apenas empieza.

Su minifalda de jean hace que sus piernas se vean mucho más largas. Su desordenada cabellera tiene el color de una zanahoria podrida. Michelle se rasca la espalda, los brazos y las piernas a cada rato por el calor y la humedad. Casi no sonríe. “Soy gay desde los diez años y empecé en esto a los 12 por mi tía, que era puta”.

Nos hemos sentado en unas escaleras sucias para hablar, pero antes, Michelle le ha puesto precio a la conversación: 20 mil pesos por media hora de confesiones. Es menos de los 50 mil que dice que les cobra a los clientes por una hora de sexo. Sabe que lo suyo es un negocio, sin embargo, y, sin perder el tiempo, lanza otra propuesta: “Vamos mejor a tu hotel, ¿no?”.

Michelle sabe que todo lo que diga puede ser usado en su contra. Por eso, cada respuesta suya parece una mentira disfrazada. Dice que su verdadero nombre es Camilo Andrés, que nació en Medellín y que es el mayor de tres hermanos. Ellos, afirma, viven actualmente en un centro de ayuda para familias pobres del Gobierno, pues su madre no puede cuidarlos a causa de su severa insuficiencia renal. “Ella vende dulces y cigarrillos en la calle, pero a veces me dice que no le alcanza ni pal’ pasaje, e imagínate uno que se pone a llorar por acá, triste”.

A unos metros, dos ingleses beben cerveza y conversan. “Los extranjeros lo tratan a uno bien, pero la semana pasada un italiano casi me pega. Tuve que terminar el trabajo  porque me estaba pagando bien, pero aquí siempre vives en riesgo”, cuenta.

Mientras juega con su paraguas –sus manos son gruesas y largas como las de un basquetbolista–, Michelle recuerda la primera vez que se prostituyó. Tenía 12 años. Un acaudalado negociante de Medellín le ofreció 450 mil pesos por el ‘duro’, que es como en este negocio se le llama a tener relaciones con un menor virgen. “Me dolió, pero uno debe cumplir –sostiene–. Después me empezó a ir bien y dejé el colegio para dedicarme a esto por entero”.

Tres años después el negocio empezó a escasear. “No había plata para las trabajadoras ‘sessuales’ como yo”. Michelle no ha perdido el seseo propio de los paisas, pero en los tres meses que ha vivido en Cartagena su piel se ha pintado de negro. La costa ha hecho de las suyas con el cuerpo de un hombre que quiere ser mujer.

Desde hace tres meses, después de viajar cuatro años por la costa caribeña, Michelle vive en una casa del barrio La Candelaria, por el centro de la ciudad. Es una zona peligrosa, advierte, donde hay tantos mosquitos como delincuentes y no pasa una noche sin que se desate una balacera. “A veces uno no puede salir de su casa porque están metiendo bala. Yo llego siempre a las 7 de la mañana y me topo con borrachos tirados en las calles”. Su habitación no tiene paredes: dos cortinas separan su cama de la sala y la cocina. Es un lugar humilde y su familia adoptiva, una anciana y su hija, le permiten vivir allí a cambio de que pague algo de la comida.

Michelle dice que su madre no sabe que se gana la vida con el meretricio. “Ella cree que vivo con unas amigas y trabajo en una peluquería”. ¿No sería esa, acaso, una mejor opción? ¿Es la prostitución la única forma de vivir que tiene Michelle en este país en el que 190 gays fueron asesinados entre 2009 y 2010, según la ONG Caribe Afirmativo? “Es que me gusta, da plata casi siempre y puedo darme mis gusticos [ropa y cosméticos, en ese orden]”, responde. Ahora se encuentra ahorrando para operarse las tetas. Si todo sale como quiere, a fin de año el travesti dejará de rellenar sus sostenes con telas viejas.

Pero esta noche no ha sido buena para Michelle. Lleva cuatro horas dando vueltas y ni un solo cliente la ha buscado. Ni siquiera los conocidos de los que ha jurado nunca enamorarse. El único hombre al que amó se llamaba Silvio, un sicario paisa que cobraba dos millones de pesos por ‘servicio’ con quien estuvo cerca de año y medio. “Era lindo, pero siempre amenazaba con matarme: si no era de él no iba a ser de nadie, me decía”. Hace una semana sus familiares le informaron que el hombre había sido asesinado.

Entonces el silencio se apodera de la calle. “Yo me metí en esto por mi mamá, porque ella es la necesitada y usted sabe que uno por las mamás hace lo que sea. Yo sin mi mamá no soy nadie y si se llega a morir, me voy con ella. Sola no soy capaz de vivir en este mundo”.

Un auto se detiene y, por fin, los ojos de Michelle brillan en la noche húmeda y hedionda. Ella se acerca, negocia con risas fingidas el precio del ‘polvo’, cuando de pronto el conductor le grita unas cuantas groserías. La venganza de la puta es certera: un golpe seco y salvaje en la puerta del copiloto. El carro se aleja veloz. Ella ni se da por enterada.

Frente a mí, este hombre vestido de mujer no se da por vencido. “Dame 20 mil pesos más y nos vamos a la cama”.

(*) Reportaje escrito para el taller "Cómo se escribe en periodismo", de Miguel Ángel Bastenier, organizado por la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano en Cartagena de Indias.

Escrito por Alberto Villar Campos @ 4:01 p. m., ,

Entrevista a Moises Saman: "La gente piensa que como soy fotógrafo de guerra, me pinto la cara de negro".





Moisés Saman nació en Perú hace 38 años, de padre peruano y madre española, es el único peruano que ha logrado ser invitado a formar parte de la agencia Magnum, creada  en 1947 por los famosos reporteros de guerra Robert Capa y Henri Cartier-Bresson, entre otros. Aunque todavía le faltan 4 años para convertirse en uno de sus miembros vitalicios, el fotoperiodista tiene bastante para mostrar: es un verdadero reportero de guerra (aunque para él la palabra tenga una carga ofensiva, pues dice que la gente suele ver a esta casta de periodistas como robots o insensibles) que ha cubierto revoluciones y guerras en Afganistán, Iraq, Pakistán, Nepal, Haití y el Líbano. 


Para él, en estos tiempos donde abundan los fotorreporteros viajando por todo el mundo, lo más importante es tener una mirada personal que va más allá de la propia guerra, el lado más humano de los personajes a los que fotografía. Como reportero de guerra, le ha tocado ver muchas cosas y no ha estado ajeno a las presiones de una batalla: cruces de balas, gente muriendo enfrente suyo. Él dice que, aunque no debe perder de vista su verdadera tarea dentro del reporteo (ser un testimonio visual), le ha tocado ayudar a la gente que veía sufriendo. 


Sin embargo, lo más fuerte en su trabajo ha sido perder a grandes amigos colegas en el último año: perdió a tres. Ha ganado premios del World Press Photo, actualmente vive en El Cairo, Egipto, a tres cuadras de la Plaza Tharir, una famosa plaza donde el año pasado, además, empezó la revolución egipcia que derrocó a Hosni Mubarak. Antes de ello, tenía pensado cambiar su lugar de residencia a Lima, un lugar donde también ha viajado y donde ha encontrado que se puede relajar surfeando. Actualmente, expone en el Centro de la Imagen "Crónica de dos revoluciones", sobre los conflictos en Egipto y Libia.


Naciste en el Perú, pero te fuiste cuando apenas tenías un año…
Sí. Mi padre es peruano y mi madre, catalana. Se conocieron cuando él estaba estudiando en España. Luego de casarse, decidieron volver a Lima y yo nací acá. Creo que vivimos en San Isidro. La familia de mi padre es del Callao y, cada vez que vengo, voy a verlos.


¿No tienes recuerdos del Perú?
Hace tres años empecé a viajar bastante a Lima. Quería descubrir el país y explorarlo también como fotógrafo. Llegué y me sentí a gusto. Conocía algo la cultura pero, aunque me siento peruano, no tengo el acento ni bailo salsa (risas). Es una parte que estoy descubriendo. Veo a la familia de mi padre cada vez que vengo.


¿Y no volviste cuando eras niño, no guardas alguna imagen de eso?
Lo hice en 1981, cuando tenía 7 años. Algo que recuerdo y me chocó fue ver a tantos soldados y policías en las calles de Lima. Era una época fuerte, creo. Lo otro que recuerdo es una heladería en Miraflores que tenía este helado llamado payaso. No mucho más.


¿Cómo llegas a la fotografía?
A los 18 años viajé a Los Ángeles a estudiar sociología y comunicaciones. En el último año de la universidad, no tenía muy claro lo que quería hacer. El gusto por viajar y conocer otras culturas me viene de familia, pero no sabía cómo acoplar eso a alguna profesión. La foto llegó un poco de golpe. Tomé una clase ayudé en el periódico de la universidad. Me gustó y gané unas prácticas en un periódico de San Diego.


Tu fotografía destacó, entonces…
No sé si tanto, creo los profesores vieron mi interés, porque eran unas fotos malísimas (ríe). No es que el talento salió de golpe, eso llevó años. Hay gente que parece llevarlo adentro y no necesita aprender, pero no sé si fue mi caso. Lo mío fue una curva a través del tiempo. Luego de graduarme, me ofrecieron unas prácticas en un diario de Nueva York. Allí empecé mi carrera.


¿Cuál fue tu primera comisión de viaje?
En “Newsday”, me asignaron ir a El salvador a hacer un reportaje sobre la migración de una familia que llegó a Long Island y cuyos dos hijos murieron en un accidente en Estados Unidos. Decidimos seguir a la familia para el entierro. Era el año 2000. Paralelamente, hacía foto de noticias policiales, incendios, de todo.


¿Cómo llegas a ser reportero de guerra?
La verdad que el término de reportero de guerra no me gusta, pues te limita bastante y la gente suele tener una idea de lo que eres y haces. Yo no soy un fotógrafo que solo se interesa en eso y dentro de la guerra hay varios tipos de acercamientos. Yo intento tener el mío, que es bastante personal. La gente cree que como soy fotógrafo de guerra me pinto la cara de negro.


Pero, digamos, estás en Magnum, has cubierto guerras y revoluciones y en tu exposición muestras una realidad dura a partir de ello…
Yo trabajo en situaciones difíciles, en conflictos, pero siempre intento buscar más la humanidad que la guerra en mis fotografías, busco ese sentido común que une a las personas en situaciones extremas como las batallas. Sí he hecho fotos en momentos de combate, pero ninguna foto de la exposición es así. Yo intento buscar alegorías y confusiones en una suerte de fotografía no acabada, donde no tengas toda la información, sino que te provoque preguntar más, a querer saber más sobre lo que está pasando. Ver otra foto de un niño malnutrido en África no creo conecte tanto con la gente, pero si lo fotografías de una forma que muestre ternura o quizá algo inesperado, tal vez así haya más una buena acción frente a ella.


James Natchwey, un colega tuyo, criticaba a los fotorreporteros que no sentían nada al entrar a una guerra…
Ese es mi gran miedo y en parte por eso me opongo al término de fotógrafo de guerra. Creen que somos robots que llegamos en paracaídas, hacemos nuestro trabajo y nos vamos. Esto no es real, porque si tienes un poco de sentimiento o corazón vas a sitios difíciles y te afectan mucho. Lo que ves no es fácil de olvidar. Y los fotógrafos que son así, fríos, calculadores, se notan en las fotos. Les falta humanidad. Yo me muevo dentro de un grupo pequeño de fotógrafos que hacemos esto por años. Pero cada cierto tiempo, ves a las nuevas generaciones, gente joven que llega con los ideales errados, como egoístas. Entre amigos los comparamos con esas personas que se van de pesca a ver quién saca el pez más grande para hacerse la foto en el puerto. Es un poco trivial, ver quién es el más macho, quién es el que tiene la mejor foto y, con ello, te olvidas de la gente un poco, de lo que realmente está pasando.


¿Cómo lidias con el miedo en la guerra?
No es fácil. No creas que tengo una adicción a la adrenalina, yo me muero de miedo como cualquier otra persona que estuviera allí. No serías humano si no lo sintieras. Es difícil de explicar, pero pienso que estoy allí por algo importante y tengo el privilegio y la responsabilidad de ser un testimonio independiente. Como periodista independiente, tienes un rol, sobre todo en esta sociedad donde todas las noticias son como el Facebook, Twitter, todo muy rápido y sin contexto, algo que falta para entender lo que está pasando.


Natchwey decía también que cada vez hay menos espacios para mostrar imágenes sobre la guerra…
Las publicaciones cada vez sin menos y hay más fotógrafos. Por eso yo me he interesado en desarrollar una visión más personal porque es lo que te ayudará a destacar. Siempre habrá gente dispuesta a hacer lo que sea por más o menos dinero.


¿Qué es lo que buscas transmitir con tus fotos?
Buscar siempre algo que conecte al espectador con la foto. No tiene que ser un beso sino ese momento íntimo que toque a una persona de aquí como de Siria o China. La humanidad es universal y hay gestos entre personas, movimientos que nos unen. Busco eso dar esperanza y protagonismo a una persona que sufre, pero que lo hace con dignidad.


¿Cómo sacar a relucir esas emociones en situaciones donde hay que lidiar con el miedo, la indignación o la tristeza?
Siempre debes encontrar esta conexión con la persona que fotografías y, muchas veces, en situaciones muy extremas, la gente aprecia que estés allí como testimonio. La gente suele creer que a nadie le importa que maten o bombardeen y de golpe ven que hay un interés. A veces es lo contrario: no te dejan entrar o que veas, pero cuando hay esta conexión es muy especial, se olvidan de ti y puedes lograr un poco esa intimidad que para la fotografía es esencial.


¿Qué momento en tu trabajo ha sido crítico?
No sé si hay uno porque cada uno fue crítico en su momento. El estar bajo fuego en situaciones donde no te puedes mover, por ejemplo. Aunque lo más difícil es cuando pierdes a tus compañeros y este último año ha sido especialmente fregado por eso: se han muerto tres amigos. Uno de ellos, a quien homenajeé en la muestra, es Anthony Shadid. Con él trabajé bastante en Egipto. Murió a mediados de febrero de un ataque de asma mientras trataba de cruzar la frontera de Siria. Eso es lo que duele de verdad.


¿Hoy se muestra lo que realmente ocurre en lugares donde hay conflicto como Siria?
Lo que veo no está nada mal, pero hay más restricciones de acceso. En Siria el acceso para periodistas es muy limitado, porque si las fuerzas del gobierno te pillan te fregaste. La gente, por eso, se mete ilegalmente. El peligro es increíble y aún hay un montón de cosas que es imposible ver.


¿Quiénes sí pueden dar ese testimonio?
Ahora mismo, el civil, con su celular. Por eso hay tantos videos de YouTube, es su lado bueno, porque es un primer intento para que la sociedad vea lo que ocurre. Pero hay una gran diferencia entre esto y el periodismo investigativo.


¿Cómo se ingresa a Magnum?
Es un proceso de seis años. Primero eres un nominado, luego de dos años te conviertes en socio y, finalmente, a los seis pasas a ser miembro vitalicio. Yo estoy en el segundo año. Ahora debo enseñar un trabajo que he hecho, sobre el que sus miembros votarán y decidirán si sigues o no. Entrar es complicado.


¿Te llaman o postulas?
Es una mezcla. Yo tuve que presentar mi portafolio pero para tener una oportunidad seria debe haber miembros que te presenten. Magnum no es solo una agencia de fotoperiodistas, allí somos la minoría. La mayoría están envueltos en el mundo del arte, en los retratos, la arquitectura. En fotoperiodismo tradicional, seremos 5 o 6.


Entrar debe ser tu meta.
Siempre lo fue, cuando me interesé por la foto siempre vi a Magnum y es un sueño hecho realidad ser parte de esta agencia, sobre todo por su historia, mística y compromiso con la fotografía. Tienen una gran ética y ser parte de eso es también ser parte de la historia.


¿En algún momento ayudaste a alguien que estuviste fotografiando en una comisión?
Claro que ayudas e intentas hacer lo que puedas, pero tu rol allí es otro, es documentar lo que está pasando. ¿Cuántas veces han matado alguien enfrente mío o le han disparado? Muchas. Pero no somos robots, claro que ayudas. También hay muchos malos ejemplos.


¿Cuánto tiempo pasas fuera de tu casa?
Suelo viajar 9 meses por año. Es difícil tener una vida normal. Siempre te pierdes el casamiento de un amigo, no eres una presencia muy marcada en un lugar. Hace ocho meses que vivo en el Cairo (Egipto), donde tengo mi base ahora, pues he estado viajando por la zona, pero también quería pasar un poco más de tiempo en casa.


Saman no es, precisamente, un apellido peruano…
Saman viene de mi descendencia palestina. Y la verdad no sé exactamente la trayectoria de mi familia pero obviamente tengo de allí.


¿Qué te gusta del Perú?
La comida me encanta y ahora me estoy metiendo más en el tema del surf, gracias a mis amigos. Es una forma de relajarme y estar cerca del mar, sobre todo porque vivo en El Cairo. Justo antes de mudarme allá pensaba venirme a vivir a Lima, pero luego empezó la Primavera Árabe y la revolución en Tunicia y mi vida se fue para allá. En algún momento me gustaría vivir acá. Me gusta que la vida acá sea más relajada, es una cultura diferente a la árabe o la musulmana, donde todo es más ‘heavy’. El latino es más ligero, más de fiesta, más alegre.


¿Qué quieres que el peruano sienta con tu muestra?
Expongo dos trabajos: uno sobre Egipto, que es parte de un trabajo más extenso y busca explicar la vida tras la revolución en ese país complicado. Es una visión muy personal sobre el Cairo como una ciudad histórica, increíble aunque muy densa, con muchos problemas, corrupción y donde todo está centrado en la plaza Tahrir, donde hubieron las principales manifestaciones. Yo vivo a dos cuadras de esa plaza. Es como un poema visual. La serie de Libia partió de un viaje a Tripoli, adonde fui invitado por el gobierno de Gadafi junto a un grupo de periodistas extranjeros. Fue muy especial ver este régimen tan agresivo y problemático. Y el viaje fue un desastre porque todo era muy manejado, una mentira: estábamos encerrados en un hotel, solo nos podíamos mover en autobús y no podíamos salir a la calle ni entrevistar a la gente. Pero fue como estar en una burbuja súper interesante.

Escrito por Alberto Villar Campos @ 8:45 p. m., ,

El espacio gris.


Nueve y veintinueve. Sin alprazolam, nada de pastillas para la gripe, tan solo una copa de vino. No cigarrillos. No lecturas previas que te siembran el peor ambiente imaginable para escribir. Sí algo de comida para llenar el estómago, para engañarlo. La peor verdad de esta noche es que he decidido escribir para intentar matar de nuevo a un viejo demonio. No es como esa vez del 2007, pero se parece: no estamos a mediados de agosto pero el piso se mueve, las cosas estáticas me han puesto nervioso, detrás de la persiana de mi departamento, en el quinto piso, las personas han decidido callarse. Solo hay un auto que pronto, espero, se estrellará contra el cemento fresco de un puente que está a punto de caer.

En la terapia, la imagen que proyecto está dibujada con un lápiz color negro, sobre un papel precariamente blanco. El papel debe ser chico; el lápiz debe ser uno más. Están hablando de mí y los escucho: son los recuerdos de un tipo que no quiere ser como lo propuso su pasado. A los ejemplos: antes no tenía miedo de nada, tenía chaleco antibalas. Hoy no soy capaz de bajar las escaleras sin sentir miedo. No puedo entrar a un baño sin antes ver cómo las paredes empiezan a moverse antes de cortar el primer pedazo de papel. Sé (no lo sé realmente) que estoy imaginando, pero esa es quizá una de las mejores de mis peores fantasías. Segundo ejemplo: Antes mi vida se resumía a una habitación, una cama de dos plazas a la que le sobraba plaza y media, a la música de cada noche antes de la madrugada, cuando escribía sabiendo que los focos de la lámpara los pagaba mi madre. Hoy, el DVD viejo que tengo al frente tiene un peso y un precio infinito: el de los 30 años. De ahora en adelante, mis cumpleaños los celebraré al revés. Un año más cerca de la muerte. Un año menos feliz. Un año más de lucha, de levantarme todos los días para hacer la misma maldita cosa, ver a las mismas malditas personas, almorzar las mismas malditas comidas, tomar los mismos malditos buses. Lo único que cambian son las noticias, aunque ni eso.

En la habitación de al lado (la habitación de mi mujer, aunque ninguno de los dos lo acepte), escondido en mil otras cosas (papeles, libros, una peluca, búhos, lentes de sol, otra vez papeles, que lo coronan siempre todo), un disco de Velvet Underground se retuerce de la pena. Debe haber sido diez años antes: yo tomaba un bus a Polvos Rosados y compraba, con la temerosa ilusión de quien puede que se dé de bruces contra un ángel, el disco de la banana pintada por Warhol. No era difícil entenderlo: era un chico y, por entonces, las buenas bandas escaseaban. Era el 2000, o dos años antes. Hoy, bajo la copa de vino, hay un posavasos con la misma carátula subterránea. Si digo que la compré en Buenos Aires, un día en que fui feliz tomando cafés y muchas fotos, estoy diciendo poco. Supongo que fui feliz, intuyo. Intuyo, además, que un viaje te hace perder un poco el norte de las cosas que extrañas. El resto de la historia es materia perdida.

En la terapia, repito, tengo 30 años, voy perdiendo el pelo y algo de esa pérdida me duele y me encanta. Me duele, además de todo, saber que no puedo ni soy capaz ni creo que seré capaz algún día de ver el espacio gris, el maravilloso, encantador y sabroso espacio gris sobre el cual todos parecen caminar ahora. Me duele ver apenas el negro y el blanco, lo lindo y lo feo y no lo que puedo disfrutar: esa imagen tan horripilante del periodista-escritor que alguna vez pensé que era. El tipo que era gris incluso cuando bailaba con esas luces de discoteca disparándole la nuca. Pensé que me gustaba escribir. Ahora siento que es la medicina más cara de todas.

La prueba, dicen, puede ser exitosa en un casino. Vas, llevas, claro, un problema en la cabeza, y luego tratas de resolverlo en medio del ruido, de las monedas, del olor a trago, de la gente pudriéndose, en medio de las carcajadas y de las serpientes que son silencio y a la vez no lo son. Intentas ser David Bowie en una película de Tarantino. No pierdas la calma, solo déjate ir, métete en sus problemas, sé la moneda que cae, eres el olor a mierda que a todos abraza, has encontrado la respuesta.

Camino después de la terapia por una vereda ancha. A mi lado hay viejos y viejas con empleadas cansadas. Ellas conversan, pero lo que más hacen es olvidarse de que llevan una vida en silla de ruedas. Anclado en los audífonos, con una canción de  Elliot Smith, sus vidas pequeñas me animan. Tengo la ligera sospecha de que no llegaré siquiera a necesitar de una. Hay veces en que pienso en el suicidio mientras veo a los niños jugar con sus madres. La idea de la muerte, por cierto, no es mía: parece, más bien, el sencillo rezago de 45 minutos recordando.

El chino en la cárcel, los amigos perdidos, esta computadora que no importa. Necesito un discman, necesito a Ramona y necesito una canción que ninguno de los dos comprenda. 

Escrito por Alberto Villar Campos @ 10:36 p. m., ,

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El ruido.

Volver atrás: a la película Lost in Translation y al color que por esas épocas tenían las noches, al azar controlado, perfilado como un desenfreno gentil, vacío pero feliz. Ciertas cosas se han quedado estáticas: lo que hay frente al espejo, uno; dos, el ruido de los pasos y de las cosas que caen; el sabor de un trago amargo, tres; la ropa que, esperas, mantenga el aroma de eso que alguna vez fue, cuatro. Tocan un timbre, no es el mío. Mi casa, de tres habitaciones, volver a ver tres, cuatro cosas, una foto bajo una pila de chanchos de adorno, rojos, cremas, transparentes. Los libros de arte con las tapas limpias, casi vírgenes, las hojas tan brillantes, para siempre. La promesa repartida en mil palabras, una sola cara que no te miente, pero que tampoco te habla. Si hay pocos asuntos en los que vale la pena meterse, ¿por qué tendría que hacerte caso? El periodismo, la literatura, detrás de todo eso está la esperanza de ganarme la lotería. Y perderme en una cámara fotográfica. Y decirle al mundo que nada me importa menos que tener que decirle al mundo que eso importa, todos los días, cada hora, en ese minuto, en ese segundo. Mira el lente, quédate quieto, si estás tranquilo y eres honesto, la imagen que quedará de ti en las mentes de las personas será una que te satisfaga.

Sobre el techo, una lámpara con tres focos, en la pared de al fondo, el espejo rectangular, vertical y barato. Cinco sillas de madera, una con un pedazo de plástico blanco que nunca logramos despegar. Después de muchos años, dejo de aguantar la respiración, me olvido un poco de las películas, me concentro en la música. Le tiro cinco monedas a quien venga porque tal parece que la valentía no ha reconocido aún a su hijo más esperado.

Dibuja un cuadrado, mete todas las películas de Wong Kar-Wai, mete toda la música que has oído desde pequeño, mete todos los cuadros que odias porque duelen, mete todas las fotografías que odias porque disparan, ten en cuenta que el único árbol que plantarás será uno que va a quedar fuera de ese cuadrado. Escribe un correo, quítale el destinatario, aprieta el botón Enviar.

Escrito por Alberto Villar Campos @ 12:41 a. m., ,

Pablo Stoll: "El hecho de seguir respirando todos los días es un homenaje a Rebella"






El viernes pasado, el cineasta uruguayo Pablo Stoll llegó con 45 minutos de retraso a la Ex Culpable, en Barranco. Había pasado el día entero eligiendo a los ganadores del premio de largometrajes del Conacine. No se le notaba cansado sino al revés: al entrar a la sala que funciona como auditorio en esta casa vieja donde el arte abunda, lo hizo con una gran sonrisa en la cara, una sonrisa entre timida e ilusionada pero sincera. Luego abrazó a Rodrigo Quijano, el artista y el amigo, y, finalmente, se paró frente al público. Unos cuantos aplaudieron, el resto, quizá, pedía, silenciosamente, explicaciones por la tardanza. “Vengo de trabajar con el gobierno peruano, y les agradezco por haberme pagado con sus impuestos”, bromeó.

A unos días de que se cumplan cinco años de la muerte de Juan Pablo Rebella, con quien filmó la entrañable 25 watts y Whisky, Stoll ha decidido seguir llevando el luto de su mejor amigo en la ropa y en su cabeza. Y vino a presentar “Hiroshima”, su primera película en solitario, filmada en el 2009. 
"Hiroshima" es la historia de su familia contada a través de la vida de su propio hermano, un tipo que trabaja de noche, casi no duerme y menos habla, que rolea sus propios cigarrillos y oye mucha, muchísima música under uruguaya. Pero también es la historia sobre su amor por la gente extraña y por las situaciones absurdas y por los silencios. Vino a Lima a presentar la peli y eligió a Barranco porque seguramente esta es la única manera en que se la podrá ver aquí. Aunque no: después de la proyección, vi a un hombre llevarse una copia mientras sonreía. Luego supe que el disco se lo entregó el propio uruguayo, y que ahora se vende en Polvos Azules. 


Esta es la entrevista* de un fan a un hombre que hace comedia pero no le creen.


¿Cómo se dio la invitación para ser jurado del Conacine?
Recibí un correo de la institución y me pareció interesante volver a Lima con una razón. No conozco mucho de cine peruano y no sé qué podía aportar al concurso (rie), pero estuvo bueno. El grupo de jurados estuvo bastante interesante. Tuve un mes para leer 21 guiones. Era bastante laburo leer todo eso en ese tiempo y tener una idea de lo que estábamos diciendo. Por lo demás, es la cuarta vez que estoy aquí, en una ciudad que me gusta y en la que tengo muchos amigos. 


Años atrás, Juan Pablo Rebella y tú despotricaban contra el cine latinoamericano que vende pobreza “for export”. ¿Viste eso en los guiones que te tocó leer?
Traté de evitar aquellos que lo tenían. Lo que vi fue una apuesta bastante fuerte por el género del ‘thriller’ o similares. Como en todos lados, habían cosas muy bien y otras espantosas.


¿Fue difícil elegir a los ganadores?
No, el acuerdo y la deliberación fueron bastante rápidos. Las entrevistas con los directores me hicieron identificarme con ellos.


Hace años comentaste que el cine uruguayo no existía…
Sí. Ahora hay películas. El año pasado, por ejemplo, se estrenaron 10 películas, lo que fue un momento inpensado…


¿“Hiroshima”, tu primer proyecto en solitario, lo presentaste a concursos?
“Hiroshima” no se presentó porque es una película muy extraña y personal como para enviarla a un fondo a que sea evaluada por un jurado. Por suerte, tuve la posibiliadd de hacerla, tenía la plata y la hice con 14 amigos en diez días. Mi último proyecto, “Tres”, sí lo presenté, y fue premiado. 


¿Por qué te pareció que no podía participar?
En realidad no tenía ganas de explicarle a nadie por qué la quería hacer muda y por qué iba a haber esa música uruguaya súper ‘under’ que no la conoce ni Dios. Estaba en la posición ideal para hacerla sin tener que pasar por todos esos filtros.


¿Esta película la tenías pensada cuando Rebella estaba vivo?
Sí, y quedamos en que la iba a hacer yo solo. La película nació por la necesidad de acercarme a mi hermano y, si este me hubiera dicho que no quería actuar en ella, simplemente no la hubiera hecho.


¿Qué pasó contigo tras la muerte de Juan Pablo Rebella?
Pasé dos años sin hacer cine, haciendo televisión, un programa de humor nada qué ver…


¿Fue una decisión abrupta?
Fue una cuestión casi física. No podía encarar un rodaje o alguna situación así. Hice un par de videoclips, hice tele. Fue como el momento de retraerme y ver qué hacía. Sabía que iba a hacer cine, pero me tomé mi tiempo…


En los créditos finales de “Hiroshima” le dedicas la película a Rebella…
Sí. Lo hice, primero, porque creo que le hubiera gustado. Segundo, porque el hecho de seguir respirando todos los días es como un homenaje a Rebella. Yo pienso en Rebella un promedio de dos veces por hora. Y su muerte fue muy rara para mí en su momento y sigue siendo rara y es una cosa de la que no me voy a recuperar en el sentido estricto...


“Tres”, la película en la que trabajas ahora, fue un proyecto que ambos tenían juntos…
De hecho, estábamos trabajando en ella cuando murió. Teníamos 36 paginas escritas y a mí me costó releerlas. Despuéds de ello empecé a escribir el guion de cero y, cuando terminé, lo que encontré era bastante parecido a lo que escribimos al inicio. 


¿De qué trata la película?
Es una película sobre un padre que decide volver a la vida de su ex mujer y su hija y cómo ocurre eso. Está contado en un tono de comedia rara…


La comedia es una constante en sus películas…
Yo le digo a la gente que siempre hice comedias y no me creen. Todas mis películas son comedias, raras pero comedias…


…pero en las que también hay drama…
No hay melodrama, nada de drama profundo, pero sí drama cotidiano. Las películas son como absurdas y hablan desde ese lugar. El absurdo te ayuda a ver en perspectiva las cosas que te pasan y a no tomártelas tan en serio…


¿Fue difícil mover comercialmente “Hiroshima”?
En España se estrenó por Internet. En Uruguay sí se estrenó en salas y en EE.UU. también. Sé que le fue muy bien en Seattle… (risas).


¿Por qué no se estrenó acá? ¿Te han llamado del festival de cine de la Católica?
No me han invitado, pero no pierdo las esperanzas…


Rebella y tú solían ser bastante críticos con el cine: podían odiar o adorar una película. ¿Cómo ves el cine latinoamericano desde esa perspectiva?
A mí me sigue pasando todavía lo de amar u odiar. El cine latino tiene sus problemas, como todo el cine, pero yo ahora trato de ser bastante selectivo. Hay directores que no voy a ver porque sé que no me van a dar nada nuevo. Ahora, con el cine en general, ultimamente veo bastante cine viejo. Me parece que el cine no tiene edad y que puedes disfrutar una película de Preston Sturges igual que una de “The Hangover”. 


La música era algo que te unía a Rebella y eso se nota claramente en las películas…
Era algo que nos unía como amigos. Juan era músico y en “Hiroshima” hay música suya. Él era músico muy privado: tocó en vivo como tres o cuatro veces. “Tres” es también bastante musical, de hecho tiene partes enteramente musicales. 


¿La música peruana te interesa?
Para “Tres” quería poner la versión de Los Belkings de un tema de los Shadows, pero no pude. Fue un problema de derechos… **


¿Qué es para ti Rebella?
Es lo mismo de siempre: el mejor amigo que tuve. A pesar de que lo conocí en la universidad, pasamos diez años muy juntos. Él sigue siendo un tipo con el que tengo mucho en común más allá de que se haya matado…


¿Eran una sola cabeza a la hora de crear?
No, de hecho peleábamos bastante. Teníamos diferencias importantes…


¿No ha quedado un proyecto inconcluso de ambos?
Teníamos un montón de cosas escritas juntos, pero mi computadora me la robaron. Así que nunca más van a aparecer y capaz que está bien… 


(*) La entrevista fragmentada salió publicada hoy en El Comercio.
(**) Para los melómanos, estas son algunas de las bandas que incluirá Stoll en “Tres”: Los delfines, Fernando Cabrera, el Sexteto Electrónico Moderno, Guided by Voices (“paqué peso a peso por sus derechos”, dijo) y Los chicos eléctricos. A la mayoría de estas pueden conocerlas en Youtube.

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Escrito por Alberto Villar Campos @ 8:41 p. m., ,


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