CINESÍFILIS

EL MEJOR DISCO DEL AÑO


Créanme. Rock and Roll de primera gracias a Lo de pituco.

Enjoy.

Escrito por Alberto Villar Campos @ 11:54 PM, ,

DIOSES


Dioses, sin duda, fue la película peruana más esperada del año. Se trata del segundo largometraje de Josué Méndez, un director con una ópera prima estupenda que lanzó, tal vez sin quererlo, una pregunta que ansiaban tanto los críticos como los espectadores: ¿Es posible descubrir a un director que no se interese solo por registrar superficialmente nuestra sociedad, sus necedades y problemas, sino que sea, por sobre todas las cosas, capaz de alzar una voz (la suya) por sobre todo y descubrir una mirada personal, distinta?

Días de Santiago atrajo, sobre todo, por eso mismo, por la mirada que impuso Méndez en el protagonista de la historia, ese caminante sin rumbo en cuyos silencios y en sus escabrosos y desangelados pensamientos era posible encontrar un ritmo reprimido, pausado como violento y, en suma, odiosamente agotador. A través de las calles, en las discotecas, en esos diálogos de emociones ausentes y en las evocaciones a esa insoportable temporada en el Ejército, Santiago hablaba del desconcierto humano, de la locura, de la pobreza moral que emerge de todo ello y del futuro inexistente que –lamentablemente para él– se confunde con un presente sin forma alguna de retorno.

En Días de Santiago, los escenarios son retazos de un camino cuesta abajo, los blancos y negros de las escenas son el sello de una película donde la memoria se exprime con violencia y golpea con una fuerza indescriptible. Cine de autor, una voz que quiere decir algo además de todo lo que uno ve (o cree ver) en la pantalla.

Apoyado por Stephen Frears gracias a la prestigiosa beca Rolex, Josué Méndez se impuso una compleja tarea en este, su segundo proyecto cinematográfico: retratar las capas de la sociedad limeña a través de dos sectores que se confrontan: los ricos y los pobres. Un amante del cine común y corriente como el que escribe estas líneas hubiera esperado en Dioses no una continuación de Días de Santiago (algo que, por lógica, resulta imposible), sino tal vez el rescate de los recursos estilísticos que la convirtieron en esa suerte de paradigma de aquello que bien hubiera podido llamarse el nuevo cine peruano. Lamentablemente, Dioses convirtió una ilusionada espera en un autogol de media cancha.

¿Qué es Dioses? La sinopsis habla de los placeres, las culpas y la decadencia que una familia de clase alta limeña enfrasca en relaciones incestuosas (los hermanos Diego y Andrea), en noviazgos enmascarados entre una pareja de mundos que se oponen (el adinerado Agustín y Elisa, su novia 20 años menor) y en el sinfín de nimiedades que a estas rodean. Pero lo que vemos, en realidad, es un inútil registro que se interesa por lo más obvio y explota –o trata de hacerlo– a partir de diálogos banales y sin emoción, estos donde, quizá, el más ingenuo espectador podría suponer que se sitúa el objetivo del filme: desentrañar lo más aberrante de una sociedad que usualmente observamos como quien mira al cielo a partir de sus vacías existencias.

Quien ve Dioses se da de frente con el objetivo fallido del director: dibujar la clase pudiente con ayuda de sus extravagancias, esos rencores planteados por debajo del mantel y aquellas sonoras burlas a sus empleadas que, por lo demás, hablan en quechua cuando están solas y jamás duermen. También lo hace con la música electrónica y en los cuerpos perfectos que buscan dilatarse en las luces multicolores de una discoteca. Lo hace, también, con un embarazo inesperado que, valgan verdades, trae consigo una interrogante vergonzosa: ¿Cargar un hijo no deseado debe suponer el quiebre de una línea recta familiar donde, antes, tampoco había nada que pudiera o diera al menos la impresión de poder quebrarse? ¿No pudo ser, acaso, el noviazgo entre una chica pobre y un viejo adinerado que busca entre las tetas de ella la razón para sentirse dios, ese factor sobre el que se pudiera haber engarzado una historia con personajes que mueren al momento de interactuar, de abrir la boca?

El diccionario define la palabra Estereotipo como una “imagen o idea aceptada comúnmente por un grupo o sociedad con carácter inmutable” y eso es lo que, en Dioses, Josué Méndez caricaturizó a la perfección: Diego es solo un joven con los ojos forzadamente perdidos en cualquier lugar, achicado frente a un padre que es todo hombría, borrachera y arrechura; Andrea es una chica que no tiene nada que hacer un domingo y escoge tirarse el desayuno con su hermano y viajar en ‘pepas’ mientras su cuerpo se confunde con los del resto; Agustín es el empresario que quiere que su hijo siga sus pasos y se empeña en proteger a su descarriada y adorada primogénita; y Elisa solo quiere aprender de jardinería y comprar perfumes y pisa tierra de vez en cuando hablando con las empleadas de su casa de playa y evitando, sobre todo evitando, presentarle su familia serrana al viejo de su enamorado.

¿Qué hay además de todo eso? Algunos cortes errados en la edición, una fotografía que solo en dos o tres ocasiones logró evocar a ese magnífico plano usado de Días de Santiago, donde un personaje observa el resto del mundo (Diego a punto de bajar las escaleras del cerro en donde se refugió) como si a través de ello fuera capaz de explicarlo y olvidarlo todo.

Dioses, a fin de cuentas, es lo que menos quería de Josué Méndez: que me devolviera la odiosa realidad de un cine que no es capaz de subir un escalón sin mirar el suelo del que nace.

Escrito por Alberto Villar Campos @ 6:11 PM, ,

VOLAR



Alguna vez, siendo un adolescente, me invitaron a deslizarme por una cuerda desde varios metros de altura. Estábamos en un restaurante a las afueras de Bogotá con mi familia, acabábamos de almorzar. Era una tarde fría: todos llevábamos casacas. Yo, lo sabía entonces, no iba a ser capaz de hacerlo. Entonces, supongo que puse mi peor cara de tristeza, de esas que siempre me fueron útiles para salir ganando. Creo que una de mis hermanas se llegó a lanzar de ese aparatejo. A mí, sencillamente, me resultaba pavorosa la idea, aún cuando eran menos de cuatro metros los que la separaban del suelo.

Hace pocas semanas (quizá dos), me ofrecieron la oportunidad de tener un rápido viaje en parapente. Menos de cinco minutos, dijeron, porque nadie puede describir lo que se siente si es que antes no lo ha vivido. Era un día de sol, tal vez un miércoles, y yo había llegado a ese malecón miraflorino para hablar con extranjeros sobre este país. Algunas veces no es necesario pensar: yo, que justo minutos antes, viendo desde la pista de la Costa Verde a esas personas volar por los aires, había jurado no subirme, estaba a punto de emprender un viaje que jamás podré describir. Quién sabe qué extraña razón me llevó a hacerlo. Con la cámara en mis manos, fue fácil disparar.

Escrito por Alberto Villar Campos @ 5:10 PM, ,

SICK



La humedad de un viernes por la noche hace que el cigarro se apague casi al instante.

Me siento a escribir de Sick, la peli que vi hace unos días pero que recién hoy empieza a borrarse de mi cabeza.

En serio, no he visto una película que se le iguale. Es dura en cada segundo, potente, en extremo dolorosa, como si te clavaran siete fierros calientes en el mismo lugar y te gustara siempre.

Pero duele, también duele. Y eso porque Bob Flanagan es un personaje sin esperanza. En todo el documental, en todos los años en que lo siguen (no lo persiguen) no muestra siquiera una sola gota de ilusión, de fe. Lo suyo, como una fan suya lo dijo, es una vida esperando la muerte.

Escucho un disco de Porter y la combinación de tristeza y felicidad es contundente. No sé qué pensar de Flanagan ahora que oigo a un tipo al que no le entiendo las letras ni me importa, en verdad, entenderlas.

Bob Flanagan se comprometió de por vida a someterse a una mujer que nunca lo quiso. Y que hizo lo que debió con él: lo masacró con silencios y palabras, eran dos personas que, en soledad, se multiplicaban. Eran perfectos en su extraña ecuación.

Sick, para los que no la han visto todavía, registra varios años en la vida de un tipo que padece de fibrosis cística, una enfermedad incurable hasta ahora y que hace que los pulmones estén siempre llenos de flema y por tanto no se pueda respirar, y se enferme a cada rato. Como un muerto viviente que no entiende porqué algunos caminan sin cansarse y otros, la minoría, ni siquiera son capaces de dar dos pasos sin querer dormir.

Flanagan, a diferencia del resto, prefirió hacer de su vida una obra de arte. Le mostró al mundo entero que el dolor era una forma de decirle a la muerte que iba a estar listo cuando llegara. Que un día más comprendiendo que, en realidad, era un día menos, no importaba. Murió hace más de una década, y en la película uno lo ve preguntándose algo que hoy, ayer, y anteayer, me preguntaba con una fuerte sensación que no podría calificar sino como triste: ¿Qué siente una persona cuando se da cuenta que la muerte es lo que sigue? Uno ve al artista sumido en mil preguntas que son en realidad una sola, y no puede sino sentir que el mundo entero se desmorona de repente. Es asqueroso, malditamente asqueroso. Es la primera vez en mi vida que vi a alguien tan frágil frente a algo, paradojicamente, tan frágil.

Se acaba la canción. Bob Flannagan ya no está y yo me siento esta noche un poco como él. Respiro, pero quiero respirar un poco más que el resto.

Escrito por Alberto Villar Campos @ 11:12 PM, ,

LAS COSAS SALEN MAL

Hay momentos en los que uno existe y otros, como en el enamoramiento, en que se deja de existir para ser otro. Es un tiempo en donde todo se descontrola y el orden del universo se impregna de un aroma distinto, de eso que el otro quiere y lo que este, por si fuera poco, simula ser también. Lo malo, lo irreversible, es que esos momentos se acaban. El fin es un punto o tres puntos que nadie, a ciencia cierta, sabe cómo descifrar.

Luego, quedan las canciones.

Escrito por Alberto Villar Campos @ 10:28 PM, ,

CAFE TACUBA

Yo no me voy a matar por convicciones ajenas...





mayo 22, 2008.

Escrito por Alberto Villar Campos @ 6:36 PM, ,

REFLEJOJELFER

Cierro mis ojos y lo que veo es esto: un tipo cada vez menos flaco, con cada vez menos cabello, tecleando mientras el mundo gira alrededor suyo. Este hombre, de apariencia temerosa, uñas cortas y olor a colonia, quiere volver a creer. Pero la rutina lo estanca. O al menos eso es lo que parece. Este hombre, que no es sino el reflejo de otro sobre un horizonte metálico, arañado como una fotografía que se desecha, tiene a su vez la apariencia de un animal aturdido por el destino. Por un desierto donde no hay noche y tampoco día. Un animal que no corre ni vuela ni hace nada. Este hombre, que ha dejado por un momento de ser hombre, se responde ciertas cosas y evita acercarse a las demás. Mientras pasan los minutos, este hombre, que ha vuelto a ser hombre, ha perdido algo más de cabello, su barriga ha crecido y ha encontrado cierto temor en tener de nuevo que parar el tiempo. Entonces, todo vuelve a ser como antes. La normalidad es de esas balas que no entran ni salen.

Escrito por Alberto Villar Campos @ 6:19 PM, ,

TE QUIERO, AFTERPUNK



El River Phoenix de “My Own Private Idaho” me ha dejado una sensación de nostalgia. Como esos pequeños retratos a los que vuelves luego de años y no puedes sino admirarlos. No soy –ni seré– capaz de recordarlo más como el desangelado adolescente de “Stand by Me”, cargando su pistola y su vida entera mientras intenta ayudar al resto y no a sí mismo. Siento que las cosas se le han ido de las manos cuando lo veo caminar sin orden por una vía que es como un hombre extraño sonriendo. Algo me dice que allí –saltaba, se descomponía y recomponía frente a la cámara, orquestando un sinfín de armonías de un hombre que no sabe dormir sin tener la certeza de que no habrá una ubicación exacta para despertar– había decidido ya su suerte. Que no había marcha atrás con eso que le disparó hace mucho tiempo, una madrugada, mientras estaba con amigos.

Es un sábado extraño de películas oscuras. Veo “Ken Park”, la película de Larry Clark, donde un adolescente muere frente a cámaras y otros tres sufren con sus padres, sus abuelos, sus amantes. El filme es rápido, duro y está traducido al francés, para mi mala suerte. Lo odio un poco, pero nada puedo hacer por arreglarlo. Es violento, contundente y me deja un sabor que intentaré mantener: No más películas de Larry Clark, al menos no en un sábado de verano con casi 30 grados.

Finalmente, ya de noche, empiezo a ver “
Control”, la peli sobre Ian Curtis, el vocalista de Joy Division. Quién sabe por qué no empecé con ella. Tiene un ritmo perfecto y fascinante, como la mirada del actor –que debió ser también la mirada de Curtis, según la crítica– que interpreta al suicida. Me gusta la fuerza que el director le da a las composiciones del inglés: salen cuando deben salir. No es una biopic en el estricto sentido, aunque mantiene una estructura bastante llevable. No es el muestrario de vidas que se juntaron para seguir los mismos acordes, sino más bien un recuento del rápido subibaja en que se metieron los miembros de una banda que ahora escucharé bastante.

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Escrito por Alberto Villar Campos @ 12:39 PM, ,


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Sobre mí­

    Alberto Villar Campos
    Lima, Peru
    "Y de pronto apareció por ahí ese maldito iceberg llamado Poesía o Literatura o Aburrimiento o lo que fuera con la única condición precisa de no devenir en Aburrimiento ni por un instante…". (Pablo Guevarra)
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