CINESÍFILIS

WHISKY

Me pregunto el porqué de mi actual predilección por películas como Whisky. Quiero decir, por filmes con historias sencillas, contadas por personas comunes, con diálogos fulminantes, escenarios pobrísimos –casi siempre de una ciudad tercermundista–, y en donde alguien, siempre o casi siempre, venga o vaya de viaje.

No es una pregunta reciente. Es algo que venía cocinando sin darme cuenta por dentro desde hace tiempo. Y, aunque es probable que en el camino haya tramado una que otra respuesta, lo cierto es que todavía no logro quedar satisfecho.

No obstante, guardo la esperanza de entenderlo mientras escribo. Y eso, entonces, es lo que hago.

En un primer momento, la vida de ese viejo desgraciado me lleva a pensar casi instantáneamente en la vida de esos otros viejos que veo pasar cada tanto por mis costados, cuando voy por la calle. Es decir, me lleva a pensar en esas historias secretas que tal vez estos, que son para mí cercanos, también cargan consigo, sea como sea, vendiendo calcetines o cualquier otra cosa, con un hermano perdido y etc. En ellos puedo asirme yo para imaginarme y, por ende, creerlo. En otras palabras, que son eficaces en cuanto a su cercanía. De eso, creo, es lo que se trataría en un primer nivel el éxito de este tipo de historias llevadas al celuloide: de no tener ya tramas inverosímiles o muy enredadas sino todo lo contrario: experiencias que a cualquiera podrían ocurrirle.

Esto me lleva a pensar en un segundo nivel, que bien podría ser el primero: muchas de las historias –aunque, ahora que lo pienso, no todas– de las que me he quedado prendado, como “Whisky” o “Los muertos” o “El juego de la silla”, tienen, además, otro punto común: son sudamericanas. Eso también habla de otra clase de cercanía: la de un territorio que, no obstante los kilómetros, comparte el mismo hartazgo, la misma desazón y la misma alegría, entre sus gentes. Muy fácilmente esa historia es también la historia de mi abuelo o de mi tío. Incluso, podríamos hablar de un lenguaje universal y, así, podríamos extendernos a todo el globo. Me pregunto: con un lenguaje emocional frío, carente de diálogos perfectos y situaciones que se cierran con cada nueva escena, ¿será posible lograr una empatía?

Digo que no. Y añado: tal vez de lo que se trate también es que en ellas veo el retrato del mundo que me toca vivir. Quiero decir, de mi Sudamérica, en la cual transcurren algo lentos mis 24 años mal vividos. Pienso ahora en las películas que llevaron al celuloide la desazón de x década, e imagino a un grupo de gente extrayendo de ellas su propio retrato y sintiendo la consecuente empatía. Los veo reflexionar y decir “sí, cuando yo sea viejo voy a ver esta película y me recordaré en esos años; todo lo que vea en ella será también un documento de lo que yo he vivido”.

Son películas que me tocan porque son producto también de las emociones de mi generación. Puede que en ellas no veamos una gran guerra –balas y enfrentamientos dramáticos y cosas por el estilo–, pero sí veremos guerras individuales, de personas tristes que no pueden con su vida, de individuos víctimas de sus propias desgracias. De gente solitaria, de gente feliz pero hipócrita, que pasa los días como puede. ¿Eso es o no es cercano a mí?

Aunque, vamos: no quiero enquistar ni concluir este post con el hecho de que sea Sudamérica la responsable de mi predilección. ¿Qué sería, entonces, de “Perdidos en Tokio” o “Alas rotas”, tan perfectas en su minimalismo, en su cotidianeidad?

Estoy ya un poco cansado como para seguir con esto. Pero veo que algo he sacado, finalmente. Whisky me ha permitido observar algunos puntos en esta maraña de la cual hasta el momento creo no tener salida. La historia es cercana por lo que he dicho anteriormente. Aunque intuyo que hay algo más…

Si a alguien le interesa dar su opinión, bienvenido. Será de mucha ayuda, obviamente. Siempre es mejor dos que uno.

Y, antes de que se me olvide, aunque parece que ya quedó claro, esta película es altamente recomendable. Disfrútela. Y sonría, como ellos.



Escrito por Alberto Villar Campos @ 11:28 p. m.,

1 Comentarios:

At 12:46 a. m., Blogger Luis Ricardo dijo...

menos mal tus nuevos gustos, compañero

 

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    Alberto Villar Campos
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    "Y de pronto apareció por ahí ese maldito iceberg llamado Poesía o Literatura o Aburrimiento o lo que fuera con la única condición precisa de no devenir en Aburrimiento ni por un instante…". (Pablo Guevarra)
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