CINESÍFILIS

ABRE TUS ALAS

La traducción correcta al castellano del título debiera ser “Alas rotas” y no, como lamentablemente ocurrió, “Abre tus alas”. Hago esta aclaración porque, aún cuando el abrupto final de la historia nos remite a una moraleja si se quiere dulzona y sencilla, es en el trasfondo, en la oscuridad que encierra una problemática universal y sugerente como es el asunto del amor/odio entre familiares, donde reside toda la gracia de este interesante film israelí.

“Alas rotas” (sí, aplico mi derecho a ponerle el título que mejor me convenga) es el mapa de una familia común y corriente con un padre ausente. Es, además, la madre que intenta sacar a sus cuatro hijos adelante con ese triste trabajo de enfermera (creo haber visto una situación parecida en otro film) que carga en sus espaldas. Es también la hija adolescente y enjuta con el sueño trunco de llegar a ser una estrella de rock. Es el hijo (¿mayor?) que no quiere volver a la escuela y decide trabajar disfrazado de ratón, andando por las calles. Es el tercer hijo –uno de los dos pequeños– al que le encanta filmarse mientras salta de precipicios poéticamente justos y es la última hija, la más sensata de todos, que termina filmando la desgracia de éste, un día cualquiera.

Pero sobre todo es la historia de la madre y la hija adolescente, y de cómo a veces resulta imposible encontrar la manera de sobreponerse a la pérdida de un ser querido. De cómo, sin quererlo, esa hija termina echándole la culpa a la madre, poniéndolo todo súbitamente de cabeza. Y también de cómo el desorden y el llanto pueden hacerse de ambas con la facilidad con que se revienta un globo. Lo trágico de todo esto se torna aquí, de pronto, ante nuestros ojos, en un conjunto de anécdotas que, cada tanto, nos hace tragar saliva, atorarnos. “Alas rotas” logra mantenernos en un suspenso emocional que no sabe de picos ni tampoco de caídas, en un transcurrir sereno por tristezas, alegrías y silencios.

Lejos de convencionalismos gratuitos (los hay pocos y necesarios), el filme no desmerece ni por un segundo lo duro y tormentoso y adormecedor que resulta crecer quedándose, súbitamente, sin uno de los autores de nuestra existencia. Aplico mi derecho a apropiarme de toda la desgracia de esta película memorable, de sumergirme en sus episodios sólo para identificarme y sufrir un poco por dentro, lentamente. De quedarme callado y recordar las veces en que pensaba que ese tipo de desgracias podrían únicamente ocurrirle a alguien como yo. Aplico, finalmente, mi derecho a encerrarme en un pedazo de mi memoria, y de no salir de ella hasta cuando la tormenta haya pasado.

Me preguntan con qué parte me quedo de la historia. Respondo con esto (¿alguien se anima a contradecirme?):


Escrito por Alberto Villar Campos @ 10:57 p. m.,

1 Comentarios:

At 5:25 p. m., Blogger kanita dijo...

y "La vida soñada de los ángeles"???


snif.

 

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    Lima, Peru
    "Y de pronto apareció por ahí ese maldito iceberg llamado Poesía o Literatura o Aburrimiento o lo que fuera con la única condición precisa de no devenir en Aburrimiento ni por un instante…". (Pablo Guevarra)
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