CINESÍFILIS

UN DÍA SIN SEXO

A Alberto Villar Campos.
Para cuando tenga 34 años y vuelva a leer esto.



Debiste, entonces, a los 24, enfrentarte a esa idea de tener que, diez años más tarde, pasar por lo mismo o, al menos, por algo muy parecido. Las cosas eran distintas para ti en ese tiempo: un trabajo con el cual cumplías con tu familia en materia económica; un círculo entrañable, muy cerrado, de amistades que mantenías cerca gracias al contacto esporádico y calculado; un padre con el que aún te faltaban saldar algunas cuentas (tal vez no físicamente, como sí de manera introspectiva); y una novia de la que te encontrabas temporalmente separado –demasiados kilómetros para un solo continente– y a la que profesabas un amor religioso, incesante (una mujer hermosa y tierna, de única y perturbadora inmadurez, que actuaba como el complemento perfecto para tu carácter insalubre que a veces te hacía ver como un hombre de 50 años metido en el cuerpo de uno de 24). Eso eras tú por aquel entonces (y lo más probable es que aún lo sigas siendo).

Decía, pues, que a los 24 tuviste que enfrentarte a los espectros de lo que sería tu futuro. (Es decir, hoy, mientras lees esto). Muy dentro de ti, pensabas que aquello que observabas en esa pareja conflictiva de la película era, cómo no, también algo tuyo. Te veías allí –ella desnuda y con el cabello muy largo y negro, tú con el estómago medio fofo y una mirada seria, más seria que de costumbre–, ideando en silencio la manera más eficaz y menos sutil de decirle que los años habían pasado sin que al parecer ambos cayeran en cuenta y muchas cosas, al menos en lo que a la relación refería, eran distintas. ¿Para bien, para mal? Esa sola pregunta encerraba el 25% que quedaba de tus iracundas palabras hacia ella, de esos argumentos infantiles que parecían confundirlo todo, incluso a ustedes. Como ahora (es decir, en aquél entonces), cuando ambos malgastan las llamadas telefónicas no diciéndose lo que realmente quieren decirse. O cuando pelean por una tontería y pasan días sin hablarse. O cuando usan esa otra tontería que es el chat y las palabras son ambivalentes y la voz, nula, imposible.

Entonces, estás allí de repente –eres Paul Vega– y ella también –es Vanessa Saba–. Y ella te dice, en la cocina, que hay algo malo en tu forma de querer voltear su cuerpo al hacer el amor (que te dé la espalda para no tener que verla). Y, sin vacilar siquiera, respondes que ignoras la razón para pensar en ello. Ella, entonces, planta las manos sobre su frente, nerviosa, y deja de mirarte. Es todo frío, como los muros de la habitación en que se encuentran. Hay silencio. Tú, orgulloso, dejas también de mirarla, no sin antes moverte, como queriendo atraparla de los brazos, violento como nunca. Violento física, no como siempre, o sea, verbalmente. ¿Por qué?, te preocupas. ¿Es mi culpa todo esto que está pasando? ¿Son mis reacciones de implícito hartazgo lo suficientemente explicables ahora? ¿Y son iguales a las suyas? ¿Son explicables sus reacciones de hartazgo? ¿Es realmente hartazgo lo que ella y yo sentimos?

No hay respuestas. Respiras. Intentas calmarte. Sin pensarlo, vuelven a entablar un diálogo pesado, sin sentido. Dices cosas, ella te responde. Ella dice cosas, tú le respondes. A veces no es ni necesario responder. Así pasan varios minutos, mientras la discusión se complica, abriéndole paso a lo que podríamos llamar desesperación. Y entonces, ya en el borde, es cuando empiezan los gritos. Pero, ¿qué gritamos?, te interrogas. ¿Por qué lo hacemos? La inocencia es un pecado: no hay manera de superar a un grito cuando no se quiere decir nada. Nunca unas bocas abiertas como la tuya o la suya han servido para menos cosas que en este instante de quietud informe.

En algún momento, lo sabes, los gritos se detendrán. En algún momento dejarás de gritar más fuerte aún por dentro, la exasperación bajará sus decibeles, tendremos silencio otra vez, quién sabe si esta vez del bueno. Pero por ahora gritas, sacas en cara todas las cosas que te perturban de una sola, como disparando. Ella no llora, claro; podría hacerlo pero no lo hace: eso sería la derrota. Y esta es una lucha de empates.

Esa noche que es ahora, tú y ella volverán a la cama, e irán juntando otra vez sus cuerpos, despacio, volviéndose a mirar. Tal vez esta vez sí llore (lo hará, quizá, por cansancio). Se mirarán acercando sus cabezas, reconociéndose, aprehendiendo la razón por la cual se mantienen tan cerca luego de tanto tiempo y demasiadas batallas. El amor es un proceso o la reconstrucción de un proceso. Es una pared blanca que de pronto se parte a pedazos sólo para volverse a juntar. Que en el desorden busca su salida: la permanencia en el ocaso, siendo también ocaso.




Escrito por Alberto Villar Campos @ 9:25 p. m.,

3 Comentarios:

At 4:17 p. m., Blogger alexandra sardonicus dijo...

La película no me gusto tanto como tu post. Muy bueno.
Muchos saludos de Ale.

 
At 6:37 p. m., Blogger Alberto Villar Campos dijo...

Te diré que a mí tampoco, Ale. Pero hay algo, hubo algo en ella que se mantendrá siempre: esa pareja... yo. ella. nosotros.

 
At 1:11 p. m., Anonymous Anónimo dijo...

bueno la pelicula no tiene tanto argumento q al espectador le cautive .lo q resalto mas fue el desnudo d vanesssssita saba esa chica a sus añitos si q sta bien buenaza a mi parecer de todas las pelis peruanas la que tien toda la salsa es ciudad de m sa si es una verdadera peli a co paracion de un dia sin sexo que es todo lo opuesto

 

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Sobre mí­

    Alberto Villar Campos
    Lima, Peru
    "Y de pronto apareció por ahí ese maldito iceberg llamado Poesía o Literatura o Aburrimiento o lo que fuera con la única condición precisa de no devenir en Aburrimiento ni por un instante…". (Pablo Guevarra)
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